—Esto es una reunión de negocios, no una pelea callejera. Si duda de nuestras capacidades profesionales, puede tomar su contrato y largarse. Al Estudio Eje no le hace falta su dinero, pero le garantizo algo: si Amaya no es la arquitecta principal de su proyecto, este será un rotundo fracaso.
—Y le aclaro algo más: Amaya no es una simple empleada. Es socia fundadora de este estudio y tiene toda la autoridad para decidir si trabajamos con usted o no.
Las palabras de Romeo fueron contundentes y cargadas de autoridad.
Valeria se estremeció. Lo miró con los ojos muy abiertos antes de que la sorpresa se transformara en indignación.
—¿Y tú quién te crees para hablarme con ese tono?
Normalmente, quien daba la cara por el Estudio Eje era César Ortega, mientras que Amaya lideraba el equipo creativo.
Por esa razón, Valeria no había tenido contacto previo con Romeo.
Y eso no era casualidad.
El Estudio Eje era apenas una fracción de las responsabilidades de Romeo.
Su verdadero enfoque estaba en dirigir las estrategias del imperio familiar Ortega y participar en proyectos gubernamentales de alto nivel, los cuales requerían estricta confidencialidad.
Además, Romeo era profesor titular y director de tesis en las universidades de arquitectura más prestigiosas del país, así como asesor general del instituto nacional de diseño urbano.
Prefería mantener un perfil bajo. Fuera del círculo académico y de élite, casi nadie conocía su verdadero peso en la industria.
Para él, el prestigio no se medía en aplausos ni en portadas de revistas.
Romeo miró fríamente a Valeria, inclinándose hacia adelante, imponiendo respeto.
—Mi apellido es Ortega. Me llamo Romeo.

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