Ese "Hasta nunca" estaba grabado con tanta fuerza que los bordes de la madera estaban astillados, como si hubiera usado hasta el último aliento en dejar clara su decisión.
Diego no tuvo valor para seguir leyendo.
Retiró la mano de golpe y, cegado por la furia y el dolor, soltó un fuerte puñetazo contra el tronco.
El sonido sordo resonó y la corteza quedó hundida, haciendo temblar las hojas como si el propio árbol se burlara de su crueldad e ignorancia.
Un fuego devoraba su pecho, pero no podía desahogarse. Sentía que iba a explotar en cualquier momento.
No era que ella hubiera decidido irse de la noche a la mañana.
Había caminado hacia esa decisión paso a paso, arrastrando su decepción.
Y él había estado tan ciego que no notó nada.
Esas placas llevaban años colgadas allí. Si le hubiera importado un mínimo, habría visto esos mensajes mucho antes.
Durante cinco años pasó junto a ese árbol infinidad de veces y jamás se detuvo a mirarlo.
Recién ahora comprendía que... había ignorado a Amaya durante demasiado tiempo.
El corazón de ella, que alguna vez fue tan tierno, ahora era una coraza de hierro impenetrable.
Incapaz de soportarlo más, se agarró el pecho y se quedó inmóvil. Minutos después, sacó el celular y llamó a Axel Ponce.
—Axel, acompáñame a tomar.
—¿Es broma? Acabo de cenar, me hubieras avisado antes.
—Sal ahora mismo. Te veo en el lugar de siempre. Tienes que venir.
—Está bien.
Axel era el único amigo verdadero que le quedaba, el único que acudiría a su llamado.
Media hora más tarde.
Ambos llegaron al Bar La Sombra.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta