—Aléjate de mi esposa —dijo Diego con un tono gélido.
—¡Estás enfermo! —respondieron Romeo y Amaya al unísono, fulminándolo con la mirada.
Amaya lo observó con desprecio y luego miró de reojo a Vera, que yacía en el suelo:
—Diego, mejor ve a preocuparte por tu primita. No necesito tus atenciones.
Al recordar cómo, hace apenas unos minutos, él había vuelto a elegir a Vera sin dudarlo, Amaya sintió unas ganas inmensas de vomitar.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaron? ¿Quieres que te lleve al hospital? —preguntó Romeo, genuinamente preocupado.
Amaya esbozó una débil sonrisa y negó con la cabeza:
—No ten...
Quería decirle que no tenía nada, pero antes de terminar la frase, un calor abrasador comenzó a expandirse por su cuerpo. Era una sensación familiar. Demasiado parecida a lo que había experimentado la última vez en el campamento. ¿En serio? Su expresión cambió drásticamente mientras maldecía en su interior. ¿Acaso la inyección que le habían dado esos hombres tenía el mismo efecto que la droga de aquella vez?
Amaya lanzó una mirada extraña a Romeo. Al notar su incomodidad, Romeo iba a preguntar qué pasaba, pero vio cómo el rostro de ella se ruborizaba y su mirada se volvía turbia. Maldición. Con la experiencia previa, Romeo entendió al instante lo que sucedía. Sin perder un segundo, hizo el ademán de levantar a Amaya en brazos. Sin embargo, apenas dio un paso, sintió el cañón de la pistola de Diego presionando su espalda.
—¡Romeo, estás cruzando la línea! —advirtió Diego con voz ronca—. ¡Amaya sigue siendo mi esposa! ¡Suéltala!
Romeo se detuvo y sacudió la cabeza, incrédulo. Con Amaya en ese estado, dejársela a Diego sería como entregar a una oveja al lobo. Él sabía mejor que nadie lo decidida que estaba Amaya a conseguir el divorcio.
—Baja el arma. Amaya no está bien, tengo que llevarla al hospital ahora mismo —dijo Romeo con frialdad.


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