Romeo no lo dudó un instante y la levantó en brazos. Corrió hacia su auto, la metió adentro y puso el seguro. Justo cuando iba a arrancar, Diego corrió hacia ellos como un loco, golpeando la ventana con furia, exigiéndole que abriera la puerta.
La droga en el sistema de Amaya ya estaba haciendo efecto al máximo. Sentía como si le hubieran inyectado lava en las venas. Cada centímetro de su piel ardía y se había vuelto hipersensible. Hasta el simple roce de la tela la hacía retorcerse de necesidad.
—Tengo... tanto... calor... —murmuró.
Estaba tan abrumada que su voz se quebró en un sollozo dulce y empalagoso. Sin poder controlarse, sus manos se enredaron en el cuello de Romeo. Saltó por encima de la consola central y se sentó a horcajadas sobre él. Se aferró a su cuerpo con tanta fuerza que Romeo, en el reducido espacio del auto, no pudo apartarla. Ella frotó su mejilla frenéticamente contra el frío cuello de la camisa de Romeo, mientras sus labios buscaban desesperadamente aliviar su sed.
Los ojos de Romeo se abrieron de par en par y su respiración se agitó. Quería salir de ahí lo antes posible para llevarla al hospital. Pero, para colmo de males, Diego seguía bloqueando el camino desde afuera, impidiéndole arrancar. Dentro del auto, una esposa dominada por una droga, perdiendo la cordura. Fuera, un esposo enfurecido, cegado por la locura. Ni en una telenovela se vería una situación tan tensa. Romeo sentía que le iba a dar un infarto. Con la respiración entrecortada, empezó a tocar la bocina sin parar.
—Ami, tranquila, no te muevas. Tengo que manejar. Ami, ¿me escuchas? Aguanta un poco más, te llevaré al hospital ahora mismo.
Con la voz tensa, Romeo intentaba alejar a Diego con el ruido mientras se esforzaba por sujetar por la cintura a una inquieta Amaya.
—Tengo... sed...


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