A Amaya le costaba acostumbrarse a camas ajenas; eso, sumado a que el aire y cada rincón de Villa Jardín del Edén la asfixiaban, hizo que le fuera imposible conciliar el sueño.
Se daba vueltas en la cama sin poder dormir cuando, de pronto, escuchó un grito ahogado de Diego proveniente de la habitación principal, seguido de un ruido sordo. No tenía idea de qué estaba pasando.
Pero conociendo a Diego, jamás perdería la compostura de esa manera si no fuera algo grave.
Tras dudarlo un momento, Amaya decidió ir a echar un vistazo.
Sin embargo, al abrir la puerta, se encontró con una escena patética: Diego y Vera estaban estrechamente abrazados.
Vera llevaba un camisón de encaje sumamente revelador y tenía el saco de Diego echado sobre los hombros.
Por su parte, Diego solo vestía una bata de seda negra, la cual estaba completamente abierta, sin siquiera molestarse en amarrar el cinturón.
La ropa de cama de aquel inmenso colchón, que Amaya misma había comprado en el pasado, estaba hecha un desastre.
Cualquiera con un par de ojos podría deducir exactamente qué había ocurrido ahí.
Tras el impacto inicial, Amaya los miró con una frialdad cortante. Una profunda oleada de asco e incomodidad le revolvió el estómago.
—Parece que interrumpo. Pueden continuar.
Dicho esto, Amaya dio media vuelta con la intención de marcharse.
Pero, para su sorpresa, la voz helada de Diego resonó a sus espaldas:
—¡Amaya, detente ahí mismo!
Amaya frenó en seco. Antes de que pudiera girarse, Diego ya se había acercado y le agarró la muñeca con una fuerza brutal.
—Nunca imaginé que en el fondo fueras tan fría, cruel y retorcida.
Amaya se quedó atónita. Levantó la mirada de golpe y lo enfrentó:
—¿Y ahora qué hice?
Le parecía el colmo del descaro. Eran él y Vera quienes estaban revolcándose en la habitación que alguna vez fue su nido de amor.

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