Las uñas de Amaya se clavaron profundamente en sus propias palmas. Su desesperación y su odio habían alcanzado el límite.
Afuera del auto, Romeo seguía golpeando salvajemente la puerta. Los impactos retumbaban, pero Diego parecía completamente sordo a ellos; en su mirada solo había una obsesión enfermiza.
Amaya por fin lo entendió: el Diego que tenía enfrente ya no era el hombre que alguna vez conoció.
Al acorralarlo, era capaz de cometer cualquier locura.
Amaya le clavó una mirada mortal, cada palabra parecía ser arrancada a la fuerza de su garganta.
—¿De verdad tienes el video de mi madre?
Los ojos de Diego destellaron con una malicia oscura. Sacó su teléfono y abrió una fotografía.
Amaya solo necesitó un segundo para que se le desgarrara el alma. Un odio visceral le inundó la mirada, y su cuerpo entero tembló de forma incontrolable.
—Está bien, iré contigo a Villa Jardín del Edén. Pero... me tienes que garantizar que esto jamás saldrá a la luz.
La sonrisa en el rostro de Diego se volvió aún más despiadada.
—Por supuesto. Mientras seas una buena chica y vuelvas a ser la señora Muñoz, te prometo que destruiré todo esto para que mi suegra jamás sea humillada.
A Amaya le pareció de una ironía enfermiza.
—¡Qué descaro tienes de llamarla suegra!
—¡Jamás en mi vida había visto a un yerno caer tan bajo!
La voz de Diego se tornó tan suave que daba escalofríos.
—Yo tampoco quería llegar a este extremo, ni quería lastimarlas. Pero no me dejaste otra opción, ¿verdad?
—Yo... las extraño tanto. A ti y a nuestra hija. Quiero que regresen a mi lado. Estaba acorralado, no tuve más remedio.
Su tono se quebró un poco, y su rostro se llenó de amargura.
—Incluso los condenados a muerte tienen derecho a apelar y a rehabilitarse... Ami, no puedes simplemente sentenciarme a muerte sin darme siquiera una oportunidad. Eso es... demasiado cruel.
Amaya cerró los ojos. Sintió como si alguien le estuviera estrujando el corazón con las manos, asfixiándola hasta la desesperación.
Nunca imaginó que los cinco años de amor y odio, después de haber tenido a una hermosa niña juntos, terminarían en una situación tan absurda. Tan absurda que, aun queriendo cortar de tajo, no se lo permitía.
Cuando estuvo a su lado, él nunca la valoró.
Y ahora que ella quería irse, él desataba el caos entero, insistiendo en que solo la quería a ella.
¿Este comportamiento era amor genuino o solo una posesividad enferma? Amaya ya no sabía distinguirlo. Solo sentía que era patético, inmensamente patético.
Toda su vida había odiado que la amenazaran, pero ahora el hombre que alguna vez amó la tenía atrapada con la táctica más vil que existía.

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