—¡Guárdate tu cara de víctima! ¡Conmigo no funciona, Diego!
—Cuando te reías de mi sufrimiento, ¡debiste haber imaginado que algún día llegarías a este punto! ¡Suéltame! ¡Verme obligada a soportar esto solo hace que te vea más patético y asqueroso!
Esas palabras se clavaron directamente en el corazón de Diego. Un dolor agudo lo dejó viendo borroso por un segundo.
Parpadeó, con sus ojos llenos de venitas rojas, pero en lugar de soltarla, la apretó más fuerte, y su voz se volvió lúgubre.
—No te dejaré ir, y mucho menos permitiré que estés con Romeo.
—Mientras no firmemos los papeles, sigues siendo mi esposa. Esta noche te vienes conmigo a Villa Jardín del Edén.
—¡Al diablo con ser tu esposa! ¡Y al diablo con Villa Jardín del Edén!
Amaya explotó por completo. Una fuerza sobrehumana, nacida de la pura adrenalina, se apoderó de su cuerpo.
Flexionó la rodilla de golpe y, usando toda su energía, le dio un rodillazo directo en la entrepierna.
—¡Ugh...!
Diego soltó un gemido ahogado. Su cuerpo se curvó instintivamente por el dolor insoportable, y la fuerza de su agarre cedió.
Aprovechando esa fracción de segundo, Amaya reaccionó como una leona acorralada, giró su cuerpo y le asestó un codazo brutal en el pecho.
¡Pum!
El golpe empujó a Diego hacia atrás, haciéndolo chocar pesadamente contra la puerta opuesta.
Amaya se liberó, lanzándose a gatas hacia su propia puerta. Sus dedos temblorosos buscaron desesperadamente el pestillo del seguro.
Clic. El seguro se abrió.
A través de la ventanilla, podía ver a Romeo golpeando el cristal y pateando la puerta como loco, con el pánico dibujado en su rostro.
Diego había perdido completamente la razón; se había convertido en un absoluto maníaco.
Amaya tomó una bocanada de aire profundo y usó toda su fuerza para empujar la puerta.
Pero justo cuando la puerta comenzaba a abrirse y el aire fresco empezaba a inundar sus pulmones, la voz helada de Diego surgió desde atrás, fría como un eco del inframundo, congelando cada uno de sus músculos.


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