Después de la cena.
Amaya recordó la enorme biblioteca por la que habían pasado antes. Aquella majestuosa pared de estanterías la había dejado intrigada, así que preguntó tímidamente si podía echar un vistazo.
Ricardo se iluminó de alegría.
En esta era donde todo era digital, su empolvada colección de libros rara vez recibía visitas. Que alguien mostrara interés genuino lo emocionó tanto que se ofreció a guiar a Amaya personalmente.
La biblioteca estaba dividida en dos plantas. El espacio era amplio, con una decoración sobria pero inmensamente elegante.
El lugar estaba envuelto en un silencio profundo, y el sutil aroma a madera y papel viejo flotaba en el aire, trayendo una calma inmediata al alma.
Nada más entrar, los ojos de Amaya se clavaron en un antiguo libro encuadernado a mano que descansaba en el estante superior.
El lomo estaba desgastado, pero emanaba el peso de los siglos. Se puso de puntillas y, con la ayuda de Romeo, logró bajar el tomo.
En la portada, tres imponentes palabras llamaron su atención: El Arte de los Jardines.
Los dedos de Amaya rozaron la cubierta, y su respiración se aceleró un poco.
Era la obra cumbre de Julián Cortés, el legendario paisajista. Un texto considerado el pináculo mundial de la arquitectura de jardines.
El libro no solo detallaba técnicas de cimentación, construcción y decoración, sino que albergaba toda una filosofía estética, donde el diseño humano fluía en perfecta sincronía con la naturaleza.
La mayoría de las versiones que circulaban hoy en día eran copias modernas, pero las páginas del ejemplar que sostenía estaban amarillentas, el papel era frágil y el olor a tinta, inconfundible. Por la tipografía y el material, ¡era muy probable que fuera una edición original, o tal vez una copia rarísima de los primeros años de su publicación!
—Esto es...
Amaya levantó la mirada, con los ojos brillantes llenos de asombro.
—¿Una edición original de El Arte de los Jardines?
Al ver que ella reconocía la joya que tenía en las manos, el entusiasmo de Ricardo creció.
—¡Tienes un ojo increíble! Es un ejemplar único que conseguí en una subasta internacional hace años. Muy pocos jóvenes hoy en día reconocen el título, y mucho menos pueden fecharlo con solo una mirada.
Amaya abrió el libro con infinito cuidado. Entre sus páginas descansaba una hoja seca de ginkgo a modo de separador, como si guardara la calidez del maestro que la había dejado ahí siglos atrás.
Al ver aquellos intrincados bocetos y notas manuscritas, sintió que podía ver las siluetas de los artesanos trabajando bajo el sol, una reverencia casi mística hacia la arquitectura y la naturaleza que le caló hondo.


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