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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 321

Amaya siguió a Romeo y su familia hacia la residencia de los Ortega; sentía como si hubiera cruzado el umbral del tiempo.

La mansión de la familia Ortega estaba ubicada en un barrio centenario a las afueras de Solsepia. Sus imponentes puertas dobles, con la pintura descascarada, imponían respeto, y el verde cobrizo de las aldabas susurraba historias de antaño.

Amaya caminaba del brazo de Luciana Guzmán. Mientras seguían a Romeo y a su padre por los pasillos, el paisaje a su alrededor cambiaba con cada paso.

El camino serpenteaba entre la belleza pura. Había pabellones construidos sobre el agua, jardines de piedra diseñados con una precisión asombrosa y largos pasillos que se curvaban como un dragón, capturando a la perfección la esencia de la arquitectura clásica: "hecho por el hombre, pero con la gracia de la naturaleza".

Ella solía pensar que la casona Muñoz era la cima del lujo, pero ahora se daba cuenta de lo limitada que había sido su visión.

La mansión Ortega era tan vasta como un laberinto. Entre tantas vueltas, Amaya no pudo evitar sentir esa misma cautela nerviosa de quien pisa por primera vez un palacio imponente.

Por fin llegaron a la sala principal. Lo primero que llamó su atención fueron los robustos y elegantes muebles de madera tallada.

Los cuadros en las paredes y las cerámicas en los estantes brillaban bajo la luz cálida, revelándose como antigüedades invaluables.

Ricardo Ortega ya había dado instrucciones, y la madre de Romeo llevaba tiempo esperándolos.

Al verlos entrar, se levantó a recibirlos con una sonrisa cálida y maternal.

Tras las presentaciones, Amaya supo que esta mujer de aura tan elegante se llamaba Ximena Chávez. No solo era profesora de literatura española en la universidad, sino también una reconocida autora de cuentos infantiles.

Llevaba un vestido elegante de color amarillo vibrante. Su figura era esbelta, de curvas sutiles, y los años parecían haberla tratado con una gracia especial, dándole un aire intelectual y sofisticado.

Ximena tomó las manos de Amaya con genuina emoción, sus ojos brillando de sorpresa.

—Jamás imaginé que la maestra Aura sería una chica tan joven y hermosa.

Luego se giró hacia Luciana Guzmán, fingiendo un ligero reproche.

—Mamá, ¿por qué no me lo dijiste antes? Ricardo me comparte todos los artículos de Aura, llevábamos años queriendo conocerla. Hasta apostamos: yo decía que debía ser una mujer madura, con porte de protagonista de novela, y él insistía en que era un viejo terco. ¡Y los dos nos equivocamos, jaja!

Su risa fresca y sincera disipó de inmediato cualquier rastro de formalidad que pudiera tener la vieja casa.

Ricardo Ortega no tuvo reparos en acercarse, tomar a su esposa por la cintura de forma natural y darle un tierno beso en la frente, antes de decir con voz cariñosa:

—Es una alegría ver a los jóvenes interesarse en la arquitectura antigua; esa es la verdadera herencia. De lo contrario, de verdad temería que el patrimonio de Solarenia se quedara sin sucesores.

Luciana sonrió desde su lugar.

Capítulo 321 1

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