El hombre guardó silencio durante varios segundos. Sin siquiera voltear, negó con la cabeza lentamente:
—No. Aún no estoy preparado para enfrentarlas.
Saúl abrió la boca con la intención de decir algo más, pero el hombre ya había empujado la puerta de salida, adentrándose en la espesa oscuridad de la noche.
Su figura alta y solitaria fue rápidamente devorada por las sombras, como si nunca hubiera estado ahí, dejando tras de sí únicamente un rastro de aire frío y las brasas moribundas en el cenicero.
-
Al día siguiente.
Cuando Amaya finalmente recobró el conocimiento, se dio cuenta de que estaba en una habitación de hospital.
Sofía Vargas ocupaba la cama de al lado. Y entre ambas camas, Camilo Torres estaba sentado en una silla, cabeceando de sueño apoyado en su propia mano.
Amaya se frotó las sienes, confundida. Trató de recordar por qué había terminado ahí junto a Sofía.
Solo recordaba que, después de comer aquella barbacoa con Sofía, se habían tomado un trago y, de repente, todo se volvió negro mientras estaban en el sofá.
Lo que pasó después era una laguna mental absoluta.
Lo más extraño era que, pensando en su bebé, apenas había dado un par de sorbos. ¿Cómo era posible que tan poco alcohol la mandara directo al hospital?
Amaya fruncía el ceño, tratando de atar cabos, cuando Sofía también abrió los ojos.
Sofía soltó un grito que sobresaltó a todos:
—¡Qué locura, Amaya! ¿Qué hacemos en el hospital?
—¿Tanto bebimos ayer? Bueno, yo sí tomé bastante... ¡Oye, creo que tuve un sueño erótico! Soñé que me estaba besando con un chico guapísimo en un auto. ¡Estaba tallado a mano, puros músculos...!
Sofía seguía atrapada en su propio mundo, ansiosa por dar lujo de detalles de su sueño calenturiento.
El grito despertó de golpe a Camilo, que por poco y se cae de la silla.
Tras recuperar el equilibrio, le lanzó a Sofía una mirada cargada de ironía:
—No fue un sueño, niñita. Pasó de verdad.
Sofía pasó de la confusión al asombro, y luego soltó un alarido:

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