Romeo Ortega estaba de pie en el umbral, con los puños apretados y el rostro tan sombrío que parecía irradiar una tormenta.
Mantuvo su mirada clavada en Vera, logrando que ella sintiera un escalofrío y comenzara a temblar instintivamente.
Asustada, se escondió detrás de Diego, aferrándose a su cintura con más fuerza.
Diego hizo el amago de apartarla, pero al sentir cómo temblaba, detuvo sus manos.
Miró a Romeo con un frío cortante en los ojos:
—¡Todavía tienes el descaro de presentarte aquí! ¡Lárgate!
La mirada de Romeo permaneció inquebrantable, pero levantó un dedo para señalar a Vera:
—¿Te enseñó el video?
El rostro de Diego se volvió aún más glacial:
—Nunca imaginé que ustedes dos... cayeran tan bajo.
Romeo, con una calma que apenas ocultaba su furia contenida, respondió:
—¿No se te ha ocurrido pensar que todo esto fue una trampa?
Sin darle tiempo a reaccionar, Romeo dio un paso al frente y jaló a Vera bruscamente, sacándola de su escondite detrás de Diego. Le gritó:
—¡Eres increíble, Vera!
—Antes pensaba que solo eras estúpida, pero resulta que no solo eres estúpida, eres retorcida.
Vera tropezó por el tirón, pero se aferró desesperadamente a la ropa de Diego.
Al ver la furia asesina en los ojos de Romeo, Diego se interpuso rápidamente, alzando la voz:
—¡Fuiste tú quien se enredó con Amaya! ¡¿Por qué te desquitas con Vera?!
—¡Romeo! ¿Acaso fue Vera quien te obligó a tirarte encima de ella?
Romeo lo miró fijamente, con los ojos inyectados en sangre:
—Ella le puso algo en la bebida a Amaya. La dejó inconsciente.
—Diego, es increíble lo fácil que te dejas manipular por esta mujer.
—En serio, ¿crees que Amaya y yo somos tan idiotas? Si de verdad quisiéramos escondernos, ¿dejaríamos las luces del auto encendidas para que cualquiera nos grabara?
Diego soltó una carcajada irónica:
—¿Y esperas que te crea?

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