Justo cuando el nombre estaba a punto de escapar de sus labios, Zoa finalmente logró enfocar el rostro del hombre frente a ella.
Cristian.
Bajo la luz tenue, esos hermosos ojos se superpusieron lentamente con la mirada fría y despiadada de sus pesadillas.
Se acercó a ella como un demonio que venía a cobrar una deuda.
La sonrisa de Zoa se congeló al instante y, por puro instinto, se encogió hacia atrás, marcando distancia.
Al notar su rechazo, los párpados de Cristian bajaron ligeramente, ocultando cualquier rastro de emoción.
Tomó el tazón que estaba en la mesita de noche, y su voz sonó inusualmente suave:
—Ya despertaste. Ven, come un poco. Le pedí a Julián que fuera especialmente a comprar tu sopa marinera favorita.
Zoa miró la espesa sopa llena de mariscos, pero al ver la enorme cantidad de cilantro picado esparcido por encima, frunció el ceño.
Ella detestaba el cilantro.
Quien amaba ponerle cantidades industriales de cilantro a la sopa marinera era Isabella.
En el pasado, Zoa se lo había mencionado una vez, pero a Cristian nunca le importó lo suficiente como para recordarlo.
Y ahora, ella ya no quería intentar adivinar sus intenciones, ni mucho menos seguir haciendo el papel de estúpida.
—No tengo hambre.
—Deja de hacer berrinches, ya hablé con tu hermano y lo puse en su lugar.
Cristian revolvió la sopa con la cuchara, usando un tono tan despreocupado que parecía sugerir que el estado de Zoa no tenía absolutamente nada que ver con él.
¿No era este exactamente el resultado que él quería?
Zoa miró la cuchara que se acercaba a sus labios y giró el rostro.
—De verdad, no tengo hambre en este momento.
—Zoa, mi paciencia tiene un límite.
La advertencia de Cristian fue áspera, y no bajó la cuchara.
Zoa sabía perfectamente que a él no le importaba si ella tenía hambre o no.
Lo único que quería era una esposa sumisa y obediente.
Sintió un nudo en la garganta. Sabía que si tragaba ese bocado, Cristian dejaría de presionarla.
Pero también sabía que si cedía ahora, tendría que ceder el resto de su vida.
Al alzar la vista, le pareció ver de nuevo, reflejada en el cristal de la ventana, a esa Zoa hinchada y destruida por el sufrimiento.
No iba a ceder.
Zoa lo miró a los ojos con resistencia.
—Comeré cuando tenga hambre.

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