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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 118

La empleada hablaba con un tono venenoso y cargado de sarcasmo.

Pero Cristian le colgó de inmediato. El pesado nudo que sentía en el pecho pareció aflojarse.

Una sonrisa llena de cinismo se dibujó en sus labios.

Zoa por fin había entendido que sus berrinches no la llevarían a ningún lado y estaba tratando de ganarse su favor nuevamente.

Cristian miró al chofer.

—Volvamos temprano a casa hoy.

...

En la cocina.

Zoa le avisó al chef principal y se puso a preparar su propia receta en un rincón.

Justo cuando terminaba de servir lo que había cocinado, dos empleadas se acercaron corriendo.

—Zoa, el señor Cristian dice que vaya al comedor. Solo la estamos esperando a usted.

Antes de que pudiera negarse, una de las sirvientas tomó el control de la silla de ruedas y comenzó a empujarla.

La otra le arrebató el tazón de las manos y caminó directo al comedor.

Zoa no tuvo más opción que dejarse llevar.

¿Acaso Cristian no le tenía prohibido sentarse a comer en la misma mesa?

¿Qué mosca le había picado ahora?

Mientras intentaba descifrarlo, la silla de ruedas se detuvo frente a la gran mesa del comedor.

Zoa levantó la vista y descubrió que Cristian no estaba solo.

Don Claudio, Javier y... Rio también estaban allí.

Al parecer, doña Leonora había ido a visitar a su familia materna y no estaba en casa.

Zoa notó que Don Claudio frunció el ceño al verla, así que bajó la cabeza rápidamente y saludó con sumisión.

—Buenas noches, Don Claudio, Don Rio, Cristian, abogado Navarro.

—Zoa, no seas tan formal. Estamos en familia, y Javier ya es de confianza.

La voz de Cristian era profunda, y su tono sorprendentemente amable.

Cualquiera que lo escuchara juraría que era un esposo devoto y cariñoso.

Hasta la propia Zoa se quedó paralizada por la sorpresa.

Antes de que pudiera reaccionar, Cristian tomó su mano con firmeza y, con la otra, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Incluso en este estado te preocupaste por hacerme la cena. Debes estar agotada.

—...

La mano de Zoa tembló ante su toque. Instintivamente intentó apartarse, pero él apretó el agarre hasta dejarla inmovilizada.

Levantó la vista y se encontró con la mirada de Cristian.

Había una burla sutil en sus ojos. Una orden silenciosa que no admitía rechazo.

Como si ella fuera solo un juguete en sus manos, al que podía moldear y exhibir a su antojo.

Y lo peor era que Zoa no tenía la fuerza para enfrentarlo allí mismo.

Si él quería jugar a la familia feliz, ella seguiría el guion.

Zoa forzó una sonrisa.

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