En el camino de regreso, después de que Rio dejara a Zoa, Mateo se acercó a toda prisa.
—Don Rio...
Rio lo miró de reojo, impidiéndole continuar.
Zoa, dándose cuenta de que probablemente tenían asuntos urgentes que tratar, fue discreta y comenzó a mover su silla de ruedas.
—Rio, ya casi llego, muchas gracias.
Sin decir más, se alejó de inmediato.
Fue entonces cuando Mateo se adelantó, con el rostro ensombrecido por la seriedad.
—Don Claudio quiere que vaya a verlo.
Rio giró con calma el anillo en su dedo, con la mirada serena y distante.
—Vámonos.
Mateo lo siguió de cerca.
—Don Rio, las cámaras de seguridad del hospital ya fueron manipuladas y, tal como lo pidió, movimos a una paciente a la habitación de la señora Quintero. Como usted predijo, Cristian no fue el único que apareció por ahí. La urgencia de la señora Quintero por ser dada de alta seguramente también tuvo que ver con él.
—¿De quién hablas?
—Del jefe de obstetricia, Lorenzo —continuó Mateo—. Su currículum es impecable. Se graduó de una universidad prestigiosa, tiene una reputación excelente y no logramos encontrar ningún conflicto previo entre él y la señora Quintero.
—El conflicto no es con él. Sigue investigando —ordenó Rio, sumido en sus pensamientos.
—¿Seguir investigando?
Mateo frunció el ceño, dudando.
—Don Rio, el abuelo es un hombre muy astuto. Si lo mandó llamar de repente, seguro es porque notó...
Rio le dirigió una mirada silenciosa. En su mente resonaron las palabras que Javier Navarro le había dicho antes de irse.
Esas palabras hacían eco: *¿Acaso has estado reprimiéndote tanto tiempo que ahora ves a cualquier mujer como a un ángel? Bueno, lo admito, ella lo es... Ten cuidado con ese viejo zorro*.
Con esos pensamientos rondándole, Rio entró al despacho.
Don Claudio Quintero estaba jugando una partida de ajedrez con el mayordomo.
Al ver entrar a Rio, el mayordomo se levantó de inmediato.
—Joven Rio.
Don Claudio, sosteniendo una pieza blanca entre sus dedos, ni siquiera levantó la vista.
—Ven, ven a jugar una partida con tu abuelo.
—De acuerdo.
Rio tomó asiento y le dio un vistazo rápido al tablero.
Era prácticamente un jaque mate. Una causa perdida.
Con movimientos lentos y calculados, tomó una pieza negra y la colocó en el tablero.
Don Claudio sonrió al ver la aparente despreocupación de su nieto.
—¿Desde cuándo eres tan cercano a la mujer de Cristian?
No usó el nombre de Zoa; prefirió referirse a ella como la propiedad de su hermano.
Como si estuviera hablando de un objeto que le pertenecía a alguien más.



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