*¿Cirujano plástico?*
*¿Doctor Lorenzo?*
*Lorenzo.*
Zoa clavó la mirada en el espejo, observando a Isabella hacer la llamada, deseando poder meterse dentro del teléfono para descubrirlo todo.
Unos segundos después, la voz de Lorenzo resonó a través del auricular.
—Isabella, en el pasado te sometiste a demasiados procedimientos estéticos clandestinos en el extranjero. Ahora tu piel está demasiado frágil y tus valores médicos no cumplen con los requisitos para una cirugía aquí. Ningún médico se atrevería a operarte en estas condiciones. Por ahora, limítate a aplicarte la crema para desvanecer la cicatriz y concéntrate en recuperar tu salud.
*¿Procedimientos estéticos clandestinos?*
Zoa recordó haber escuchado rumores entre algunas compañeras.
Tratamientos que estaban prohibidos en el país, pero que con suficiente dinero se podían conseguir en el extranjero, con resultados inmediatos y casi mágicos.
Pero el riesgo era altísimo.
Desde que Isabella cumplió la mayoría de edad, viajaba al extranjero todos los veranos.
Y cada vez que regresaba, lucía más radiante, con una belleza casi irreal.
Así que ese era su secreto.
Isabella no pareció nada contenta con la respuesta de Lorenzo y apretó los dientes, siseando con rabia.
—Lorenzo, Cristian y yo te pedimos que organizaras el accidente, pero jamás te dijimos que dejaras que nos estrellaran de esta manera. Si no fuera porque yo intercedí por ti, ¿crees que todavía estarías hablando conmigo en ese tonito?
—Tú...
—Escúchame bien, Lorenzo. A estas alturas, los tres estamos en el mismo barco. No te conviene que nadie descubra que el conductor de ese camión era familiar de uno de tus pacientes, ¿verdad? O quizás, todo eso que sientes por...
Al escuchar las palabras *conductor de ese camión*, el corazón de Zoa dio un vuelco violento. Intentó luchar con todas sus fuerzas para liberar su mente de ese sueño.
Pero en ese preciso instante, la voz de Isabella pareció rayarse como un disco viejo.
Se quedó atrapada repitiendo en bucle: *todo eso que sientes por... todo eso que sientes por...*
Cuanto más se esforzaba Zoa por escuchar, más lejana se volvía la voz.
Finalmente, la figura de Isabella reflejada en el espejo comenzó a desvanecerse en la oscuridad.
—¡Ah!
Zoa soltó un grito ahogado y se sentó de golpe en su cama, respirando con agitación.
El cielo afuera estaba despejado y brillante, pero ella sentía un frío sepulcral recorriéndole los huesos.
Se envolvió en su manta de lana, temblando hasta que logró recuperar un poco de calor corporal.
Repasó todo lo que había visto en el sueño.
La ira le subió a la garganta y se mordió el labio hasta casi hacerlo sangrar.
¿Quién en su sano juicio imaginaría que las dos *víctimas* de aquel trágico accidente habían sido los propios autores intelectuales del mismo?

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