—...
Rio frunció el ceño en silencio.
Javier lo miró, completamente escandalizado.
—¡¿Te volviste loco?! ¡Dime que no estás loco! Ella es... ¿acaso es apropiado lo que estás haciendo?
Rio levantó la mirada, le dio un par de palmadas en el hombro y respondió con voz profunda:
—Tienes razón, no es apropiado.
Dicho esto, se dio la vuelta y sacó su teléfono.
—Soy yo...
A su lado, Javier lo escuchaba con el corazón en la garganta. Se frotó las sienes, y en su mente solo resonaba una frase:
¡Las mujeres hermosas siempre traen desgracias!
¡Era una verdadera hechicera!
...
Unos minutos después.
Zoa ya casi no tenía fuerzas para luchar. Miraba con horror al hombre que se cernía sobre ella.
El sufrimiento era como una red que se cerraba cada vez más. Quería escapar con toda su alma, pero no había salida.
Justo en el instante en que Cristian iba a besarla, su teléfono sonó.
Él echó un vistazo a la pantalla e inmediatamente se apartó.
Zoa quedó tendida en la cama, sin energía, observando cómo Cristian ajustaba su respiración antes de contestar.
Aunque no podía escuchar lo que decían al otro lado de la línea, en su mente ya se había formado el rostro dulce y delicado de Isabella.
Cristian respondió de inmediato:
—Voy para allá.
Se acomodó en su silla de ruedas y salió. La puerta se cerró con un portazo que hizo temblar las paredes.
¿Qué era ella para él? Ni siquiera lo sabía.
Probablemente solo un personaje secundario más en este mundo.
Una simple pieza de relleno en la gran historia de amor de Cristian e Isabella.
Sin ella, el mundo seguiría girando sin problemas.
Pero el amor entre Cristian e Isabella era intocable.
Era sencillamente patético.
Zoa soltó una sonrisa amarga y se hizo un ovillo en la cama.
Hasta que, de pronto, la puerta volvió a abrirse.
Aterrada, se aferró a las sábanas y se arrinconó contra el respaldo.
—No... no te acerques.
El hombre estaba de pie a contraluz. Su figura alta y elegante avanzó a paso lento.
Su mirada, oculta en la penumbra, la recorrió suavemente hasta detenerse en sus labios enrojecidos y quemados, con un brillo inescrutable.
Se sentó a su lado, y su voz grave llenó el silencio:


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