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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 122

—Ya lo entendí.

El mayordomo asintió con respeto.

Al caer la noche.

Zoa dormía con el yeso puesto, lo que hacía que darse la vuelta en la cama fuera una tarea titánica.

Durante sus días en el hospital, no había podido pegar el ojo.

Pero esa noche, sin saber muy bien por qué, se quedó profundamente dormida apenas tocó el colchón.

Sin embargo, cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que no estaba en su habitación.

El lugar tenía una enorme cama con cuatro postes, y justo al lado, un gigantesco vestidor doble.

En una de las hileras colgaban decenas de vestidos en todas las tonalidades de morado imaginables.

En la otra, había trajes de sastre para hombre, meticulosamente planchados.

Zoa se quedó perpleja.

De pronto lo comprendió: estaba soñando.

Pero ese lugar no le resultaba familiar en lo absoluto.

Mientras trataba de procesarlo, escuchó la voz de un hombre proveniente del vestidor.

—¿Ya despertaste?

Al terminar la frase, Cristian salió caminando hacia la cama mientras se abrochaba la camisa.

—¿Todavía te duele la pierna? No te esfuerces demasiado en los ensayos.

Se inclinó hacia ella y posó una mano sobre su pierna.

El roce fue tan cálido y real que Zoa sintió un escalofrío de terror e intentó retroceder instintivamente.

Sin embargo, su cuerpo no le obedeció. Sus brazos se alzaron por sí solos y rodearon el cuello de Cristian.

—Cristian, esta competencia de baile lo es todo para mí. Es una lástima que mi pierna no se haya recuperado bien del accidente. Ya no puedo bailar como antes.

*Esa voz...*

Antes de que Zoa pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, Cristian se acercó y la besó.

Por suerte, fue solo un beso en la frente.

Pero la sensación húmeda contra su piel la llenó de un profundo asco.

En ese momento, sintió que sostenía algo en la mano: una pequeña memoria USB.

Tenía la forma de un conejito, y una de las orejas era la tapa que se quitaba para conectarla.

Zoa reconoció ese dispositivo al instante. Ahí estaba guardado todo su trabajo, toda su coreografía, su sudor y sus lágrimas.

Cristian se acercó más a ella y le susurró con voz grave.

—Te daré todo lo que desees.

—Cristian, ¿no tienes miedo de que ella haga un escándalo?

—Está internada en el hospital preparándose para la fecundación in vitro. Lo único que tiene en la cabeza es tener un hijo. No va a hacer ningún escándalo.

Cristian habló con frialdad, mientras una mano delicada y femenina jugueteaba con su corbata.

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