A la mañana siguiente, Zoa se despertó con el sonido de su alarma.
Si fuera como en los viejos tiempos, a esa hora ya estaría metida en la cocina preparándole el desayuno a Cristian.
Pero ese día, antes siquiera de salir de su cuarto, le informaron que Cristian se había quedado trabajando hasta tarde y no había vuelto a dormir.
¿Trabajando?
Seguro estuvo "trabajando" muy de cerca con Isabella.
Las redes sociales debían ser un campo de batalla en ese momento.
Zoa estaba a punto de tomar su celular para revisar las noticias cuando vio que tenía un mensaje nuevo de Mateo.
*«Recomendación de contacto.»*
*«¿Acaso no se lo dije?»*
Zoa le respondió a Mateo con un emoji de pulgar arriba y luego abrió el perfil sugerido.
Efectivamente, era un número nuevo de WhatsApp.
Llevaba mil años sin ver a alguien usando la foto de perfil gris que viene por defecto.
Envió la solicitud de contacto. Pensó que, como Rio siempre estaba tan ocupado, tardaría horas en aceptarla.
Pero la aprobó en cuestión de segundos.
Zoa se quedó paralizada un momento, pero rápidamente escribió su primer mensaje.
*«Rio.»*
*«Sí.»*
*«Gracias por lo de ayer.»*
*«De nada.»*
Era la conversación más incómoda del mundo.
Zoa esperaba usar el chat para ganarse un poco más de su simpatía.
Claramente, esa estrategia no iba a funcionar.
En ese momento, Mateo le mandó otro mensaje.
*«Señora, ¿de casualidad no se lleva bien con alguno de los cocineros? ¿Podría pedirles que cambien el menú? Siguen enviando cosas que no son del agrado de Don Rio.»*
Zoa vio la oportunidad perfecta y no la dejó escapar.
*«¿Qué es exactamente lo que le gusta comer?»*
Mateo le envió una lista de varios platillos.
*«Entendido.»*
Después de contestar, Zoa corrió a la cocina.
Resultaba que a Rio le encantaba la comida casera. No es que los chefs no supieran cocinarla, es que se esmeraban tanto en hacerla ver como de restaurante cinco estrellas que le quitaban ese toque hogareño.
Casualmente, Zoa era experta en esos platillos. Preparó todo de forma sencilla y aprovechó para hacer una porción extra de caldo ligero.
Cuando llegó al Ala Oeste, Mateo ya la estaba esperando en la puerta, como si supiera que iba en camino, y tomó la bandeja de inmediato.
—Señora Quintero, esta vez sí le funcionó bien el pulso, ¿eh?
—...


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