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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 135

Zoa miraba el espectáculo con entusiasmo cuando, de repente, las luces del salón se apagaron por completo.

A pesar de saber que era uno de esos trucos románticos del restaurante, igual se asustó.

Por instinto, se aferró al brazo de Rio.

Los músculos del hombre se tensaron bajo la camisa y, en la oscuridad, se giró hacia ella.

Su presencia imponente, con una fuerte aura dominante, envolvió a Zoa de manera asfixiante.

El aroma a madera de agar, exclusivo de él, la cubrió por completo. Esto hizo que retrocediera presa del pánico, pero sintió que no tenía escapatoria.

Al final, quedó acorralada contra el borde de la mesa.

Su cuerpo chocó contra una botella de vino tinto; la botella se tambaleó y Rio, inclinándose sobre ella, la sostuvo.

Ese movimiento la dejó completamente atrapada entre la mesa y él.

En la oscuridad, no podían verse con claridad.

Sus respiraciones se entrelazaron en silencio, impregnándose del ligero olor a vino que emanaba de Zoa.

Incluso la temperatura a su alrededor parecía estar subiendo.

El corazón de Zoa latía desbocado. Con las manos aferradas al borde de la mesa, intentó mantener la calma y cambiar de tema.

—Rio, ¿qué... qué decías hace un momento?

—Nada —respondió él con frialdad.

Zoa se quedó sin saber qué contestar.

En ese instante, otro fuerte estruendo resonó fuera de la ventana.

Un gigantesco fuego artificial en forma de flor iluminó el cielo nocturno y, al mismo tiempo, el rostro de Rio.

En sus profundos ojos oscuros no solo se reflejaban los destellos, sino también Zoa.

Su mirada seguía siendo contenida, pero llevaba una oculta agresividad, como si estuviera a punto de devorar algo.

A Zoa le flaquearon las piernas; intentó apoyarse en la mesa, pero rozó accidentalmente la mano de Rio.

En un abrir y cerrar de ojos, él le sujetó la mano y se acercó unos centímetros más.

Sus labios estaban casi a punto de rozarse.

¡Pum!

Cuando un inmenso fuego artificial en forma de corazón rosa estalló en la ventana, el hombre bajó la mirada y ladeó un poco la cabeza...

¡Toc, toc, toc!

Un golpe en la puerta sonó de repente.

Mateo llamó:

—Don Rio.

Rio cerró los ojos, su respiración se alteró por una fracción de segundo. Apretó los dedos y, con mucho control, retrocedió.

—Adelante.

Su voz sonaba un poco más ronca de lo habitual.

Al entrar, Mateo vio a las dos figuras de pie, rígidamente derechas, casi como si lo estuvieran haciendo a propósito.

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