Por puro reflejo, Zoa encogió las piernas y se cubrió herméticamente con el saco, sintiéndose expuesta.
—¿Te diste cuenta hace tiempo?
—Mmm.
—¿Y aun así te aprovechaste de mí...? —se le escapó a Zoa.
—Ejem, ejem.
Rio se llevó un puño a los labios y tosió un par de veces para indicarle que había alguien más presente.
Javier se tapó los oídos rápidamente.
—¡Yo no escuché nada!
Al oírlo, Zoa hundió el rostro directamente en el saco, sin atreverse a mirar a nadie.
Qué vergüenza.
Rio miró el pequeño bulto acurrucado en el sofá. En sus ojos, que hace un instante parecían estanques tranquilos, brilló un destello sutil.
Apareció y desapareció, casi imperceptible.
Pero apretó tanto el rosario que le dolieron los dedos.
La habitación quedó sumida en el silencio de pronto.
Zoa, sin saber qué hacer, respiró hondo.
Si paso vergüenza, que así sea.
Justo cuando iba a bajarse el saco, el sonido alegre de unos tacones resonó en la entrada.
—Abogado Navarro, Don Rio, perdón por la demora.
El tono entusiasta acompañaba sus pasos ligeros.
Incluso antes de ver a la persona, Zoa ya había imaginado en su mente el rostro adorable y puro de la chica.
¿Quién es ella?
Sin poder contener su curiosidad, Zoa tiró un poco del saco y asomó los ojos.
Era tal como se la había imaginado.
La joven frente a ellos vestía un traje color rosa pálido, y revoloteó como un lindo pajarito hasta detenerse frente a Rio.
Sus ojos brillantes estaban fijos en él.
Tanto, que ni siquiera notó a Zoa acurrucada en el sofá.
Ella le tendió la mano a Rio, sonriendo dulcemente y achinando los ojos.
—Don Rio, hola, soy Cristina. Juliana me recomendó que viniera a verlo, gracias por invitarme a ver los fuegos artificiales.
Su voz destilaba la coquetería de una chica acostumbrada a ser mimada.
Sonaba mucho mejor que el tono falsamente inocente que Zoa solía forzar.
Así que a Rio le gustan este tipo de chicas adorables y tiernas.
Y hasta la invitó a ver los fuegos artificiales en una fecha tan especial.
Con razón todos mis intentos de seducción no sirvieron de nada.
Zoa se mordió el labio y escondió la cabeza, ocultándose aún más debajo del saco.

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