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9 Vidas Perdidas: Ahora te toca suplicar romance Capítulo 128

¿Pero cómo iba a entrar al exclusivo restaurante de la Torre Gran Horizonte?

La solución fue sencilla: se postuló para trabajar ahí como mesera de medio tiempo.

Aunque su labor consistiría en servir agua y retirar platos, estar dentro le garantizaría la oportunidad de capturar una foto nítida de Cristian e Isabella juntos.

Sin embargo...

Antes de que llegara el fin de semana, Cristian apareció de la nada.

Cuando llegó a casa, Zoa estaba cenando sola en la terraza.

Él se detuvo junto a ella, y de inmediato una empleada se acercó para ponerle un juego de cubiertos y un plato.

Cristian miró la comida con desdén.

—¿Con la pierna así y es esto lo que comes?

Zoa apretó el tenedor. No entendía a qué venía esa actitud, y sinceramente, tampoco le importaba averiguarlo.

—Como no has venido últimamente, cocinaron solo para mí. Esto es suficiente, preparar más sería un desperdicio.

—¿Por eso no me mandaste ni un solo mensaje? —soltó él, con un tono frío e incisivo.

¿Perdón?

Zoa casi se atraganta con el bocado que tenía en la boca.

¿De qué demonios estaba hablando?

Cristian miró de reojo el celular de Zoa, que estaba sobre la mesa.

—Antes, cuando pasaba noches fuera, me bombardeabas con quince o veinte mensajes.

—...

Sí, claro. Cuando ella era tan estúpida como para sentir lástima y remordimiento por él.

Cristian había perdido a la mujer que amaba, a su supuesto hijo, y para rematar, había perdido la movilidad en las piernas.

Cualquier persona con un poco de humanidad sentiría culpa por el resto de su vida, especialmente si, como Zoa en el pasado, estaba secretamente enamorada de él.

Por eso se preocupaba tanto.

Pero ahora, las cosas habían cambiado radicalmente.

—Tú mismo dejaste claro que detestas que te interrumpan cuando estás trabajando. Pensé que tenías toda la razón.

Cristian se quedó callado un segundo, percibiendo el tono sarcástico en sus palabras.

Por alguna razón, esa actitud desafiante le pareció interesante.

—¿Sigues enojada? ¿No aceptaste el celular que te mandé?

—...

A Zoa se le quitó el hambre de golpe.

De repente, su versión del pasado le pareció patética.

Todo el sufrimiento que había atravesado era catalogado por él como un simple berrinche.

Incluso creía que regalarle el teléfono desechado de su amante era un acto de bondad suprema, una compensación más que justa.

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