Desde el accidente, Zoa no había vuelto a sonreírle a Cristian ni una sola vez.
Al ver esa sutil y hermosa sonrisa, Cristian se quedó embelesado por un instante, y su respiración se aceleró sin que pudiera evitarlo.
—Pediré que nos den una buena mesa —dijo casi por instinto—. Una donde podamos ver el espectáculo de fuegos artificiales.
—...
Zoa se quedó muda de la sorpresa.
Llevaba casi un año *casada* con él y nunca, jamás, le había mostrado un gramo de cortesía.
Era la primera vez que le ofrecía algo tan detallista como ver juntos unos fuegos artificiales.
Estaba desconcertada, pero por el bien de su plan, asintió con obediencia.
—Me parece perfecto. Si me disculpas, iré a descansar.
—Adelante.
Una vez que Zoa desapareció de su vista, Cristian le hizo una seña a Julián para que se acercara.
—Llama al gerente del restaurante y dile que necesito otra mesa en la zona con vista a los fuegos artificiales.
—Señor, la última mesa disponible en esa sección ya fue reservada para la señorita Isabella.
Julián, sorprendido de ver a Cristian prestándole tanta atención a Zoa, decidió darle un consejo con la mejor de las intenciones.
—Señor, ¿qué le parece si le damos a la señorita Isabella un reservado privado? Sería mucho más íntimo y discreto para ella.
Cristian dudó, pero solo por una fracción de segundo.
—No es necesario. A Isabella le gusta esa mesa. Zoa es fácil de contentar. Inventaremos cualquier excusa, a ella no le importan esos detalles.
La indiferencia con la que Cristian resolvió el asunto dejó a Julián en una posición incómoda.
Tras pensarlo un momento, sintió la obligación de advertirle.
—Señor, pero la herida de la señora Quintero está justo en el tobillo, y como lleva el yeso, va a ser muy difícil que se mueva por su cuenta...
—Julián, ¿desde cuándo te preocupas tanto por el bienestar de Zoa? —lo cortó Cristian, lanzándole una mirada cargada de hielo y advertencia.
Julián dio un paso atrás de inmediato, bajando la cabeza.
—Mis disculpas, señor. Fue una imprudencia de mi parte.
Sabía perfectamente que si decía una palabra más, dado el temperamento de Cristian, no solo perdería su empleo, sino que la propia Zoa sufriría las consecuencias.
—Julián, ella es mi esposa.
Cristian apartó la mirada. Sonaba como una simple advertencia, pero escondía una posesividad brutal que ni él mismo había notado.
Nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a codiciar lo que le pertenecía.
—Comprendido, señor —asintió Julián.
...
La tarde del Día de los Enamorados.
Una empleada tocó la puerta de la habitación de Zoa y le entregó una lujosa caja de regalo.
—El joven Cristian mandó a pedir esto para usted. Dijo que se cambie y baje al estacionamiento; el chofer ya la está esperando.
—De acuerdo.
Zoa tomó la caja, entró a su habitación y la abrió. Dentro había un deslumbrante vestido de diseñador, hecho a la medida.

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