Después de un rato, se dio cuenta de que Rio estaba intentando enviar unas fotos.
Por lo que alcanzó a ver, parecían documentos importantes.
Zoa notó que su método para transferir las imágenes era bastante lento.
Así que se ofreció voluntariamente:
—Rio, en tu modelo de teléfono puedes agrupar las fotos para enviarlas todas de una vez. Déjame enseñarte.
Dicho eso, tomó su propio celular.
Seleccionó varias imágenes rápidamente y, con un solo movimiento, se las envió todas al teléfono de Rio.
—¿Ves qué rápido es? Para la otra persona también es más fácil. Solo deslizas así.
Zoa fue deslizando las fotos en la pantalla de su teléfono para demostrarle, hasta que se dio cuenta, con horror, de que acababa de enviarle a Rio una foto de él mismo que ella había descargado de internet.
Al ver que Rio ya estaba abriendo la imagen que acababa de llegarle, ¡casi rompe la pantalla de su celular intentando presionar el botón de eliminar para todos!
Pero ya era tarde...
Los dedos de Rio se detuvieron sobre la pantalla. Levantó la vista y preguntó:
—¿Esa es una foto mía?
Zoa se quedó congelada.
¡Piensa rápido, inventa algo!
—Ah... este... es que... como vi que no sueles usar stickers en tus mensajes, pensé en hacerte unos. Y esa foto está perfecta, tiene la expresión ideal para un sticker.
—¿En serio? —Rio bajó la mirada, evaluando la respuesta.
—Ya no los voy a hacer —corrigió Zoa de inmediato, sintiéndose acorralada.
—Hazlos. Envíamelos mañana para ver cómo quedan.
—...Está bien.
Zoa parpadeó varias veces, con ganas de llorar de la vergüenza.
Los ojos de Rio se oscurecieron ligeramente. Se puso de pie y dijo:
—Ya es tarde. Deberías descansar.
Se dio la vuelta, con la intención de marcharse.
En ese instante, Zoa sintió que la temperatura de la habitación caía en picada.
El miedo de volver a soñar con el oscuro hospital la invadió.
Agarró impulsivamente el borde de la camisa de Rio y, mirándolo con los ojos empañados, le suplicó en voz baja:
—Rio... ¿podrías quedarte hasta que me duerma? Tengo un poco de miedo de estar sola.
El hombre la miró fijamente, con las pestañas a medio cerrar, sin mostrar la más mínima emoción en su rostro.
Pero, sin decir una palabra, volvió a sentarse. La luz de la lámpara de noche lo bañaba en un halo cálido.
Esa presencia le dio a Zoa una inexplicable sensación de paz.
Se acostó obedientemente en la cama.
Pensó que le iba a costar mucho conciliar el sueño, pero apenas cerró los ojos, el agotamiento la venció.
Sin embargo, su descanso estuvo lejos de ser pacífico. Las pesadillas volvieron a acecharla.
—No... no por favor...
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