KAEL
Dubái me recibe como lo que es para mí: territorio conocido.
Aquí crecí. Aquí aprendí a odiar. Esta vez no tuve que cruzar el mundo para buscarla, como en Las Vegas; esta vez la presa vino sola. Solo tuve que mover las piezas correctas —una invitación, un par de favores viejos cobrados a tiempo— para estar en la fiesta del viejo Nassar la noche que la familia Al Rashid pisara la ciudad. Sabía que Valentina vendría. Lo supe desde que su abuelo postizo anunció su homenaje al mundo entero.
Lo planeé todo. Los tres hombres que la cazaron en el pasillo. El sótano. Mi lugar en él, atado como ella, para vigilarla desde adentro.
Y después de dos días a solas con ella en el desierto, la saqué viva.
Mi madre me va a preguntar por qué.
Yara me espera en la penumbra del cuchitril donde malvivimos, con una copa de vino barato que no ha tocado.
—Está viva. —No es pregunta. Es una condena.
—Está viva. —No bajo la mirada.
Deja la copa en la mesa, y el cristal suena como un disparo.
—Dieciocho años, Kael. Dieciocho años desde que Zayed Al Rashid le metió una bala a tu padre y se quedó con todo lo nuestro. ¿Y le regalas a su hija dos días contigo y la devuelves intacta?
—Yo tenía diez años cuando enterramos a mi padre, madre. No necesito que me recuerdes la fecha. —Doy un paso dentro—. Me la sé mejor que tú.
—Entonces no entiendo qué…
—No entiendes porque tú llevas dieciocho años llorando a Omar en este agujero, vendiendo tus anillos, maldiciendo a los Al Rashid en voz baja. —Mi voz es de hielo—. Yo salí a cobrarlo. Así que no me midas el odio. El mío trabaja.
Por un segundo, mi madre se queda callada. No está acostumbrada a que le conteste. Mejor. Hace tiempo que dejé de ser el niño al que programó.
—Entonces dime —sisea—, si tanto trabaja tu odio… ¿por qué sigue respirando esa mujer?
—Porque matarla es de pobres. —La enfrento—. Un tiro, un entierro, y Zayed sale al balcón a llorar y sigue siendo intocable. Yo quiero más que un cadáver. No la maté porque tengo algo mejor.
—¿Mejor que la venganza?
—La venganza misma, pero hecha bien. —Me acerco a la ventana, a la ciudad que brilla para otros—. Valentina no es sangre de Zayed. Lo sé. La adoptó, la crió, la volvió su adoración. Ese hombre lo tiene todo y un solo punto blando: ella. —Me vuelvo hacia mi madre—. Se empieza por ahí. Le rompo lo que más quiere. Y cuando esté de rodillas, destrozado, llorándola, vamos por lo que de verdad hereda su imperio: el hijo menor. El de su sangre. Y por todo lo demás.
Yara entrecierra los ojos, y veo cómo el plan le prende por dentro.

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