VALENTINA
El sol no sale: ataca.
A dos horas de luz, la camioneta ya es un horno y el desierto una plancha blanca sin final. El combustible murió de madrugada; el teléfono no tiene señal desde que me subieron a la fuerza a un auto. He perdido la cuenta del tiempo, y yo nunca pierdo la cuenta de nada.
—No camines al sol. —Kael ya está afuera, estudiando el horizonte con la mano de visera—. Nos movemos al atardecer, cuando baje. De día, sombra. Si caminamos ahora, nos cocinamos.
—Entiendo que llevas toda la noche dándome órdenes. —Bajo de un salto y el mundo se me ladea un segundo—. Y que sigo sin saber quién eres.
Ni me contesta. Rescata del asiento una botella de agua a medias que encontró anoche, la destapa, me la pasa.
—Dos tragos. No más.
—¿O qué?
—O te mueres mañana en vez de pasado. —Lo dice sin drama, como quien lee una etiqueta—. Tú decides.
Doy dos tragos. Me odio por obedecer. Otra vez.
Nos metemos bajo un saliente de roca, el único pedazo de sombra en kilómetros. Kael se sienta, cierra los ojos y se queda tan quieto que parece dormido. No lo está: cada tanto abre un ojo y revisa el horizonte, como un animal que nunca baja la guardia.
Yo no puedo con el silencio. Nunca he podido.
—¿Dónde aprendiste todo eso? —pruebo—. Lo de pelear. Manejar así. Racionar agua como un soldado.
—Por ahí.
—¿Por ahí dónde?
—Valentina. —Abre los dos ojos—. Ahorra saliva. La vas a necesitar.
Y ahí está otra vez: esa pared, lisa y alta, sin una grieta donde meter los dedos. Llevo toda la vida abriendo a la gente con la pregunta justa en el momento justo. A él no le encuentro la costura. Y mientras más se cierra, más me arde saber qué esconde.
No soporto un secreto que no sea mío. Y este hombre es un secreto entero, sentado a un metro de mí.
Pasan las horas pegajosas. Para no pensar en la sed, hablo. Hablo de todo y de nada, y él contesta con monosílabos, hasta que, no sé por qué, me sale el tema que llevo meses tratando de enterrar.
—¿Conoces Las Vegas? —pregunto, mirando el horizonte blanco.
—Estuve. —Un silencio—. ¿Por?
—Fui hace unos meses. —Trago, y no es solo por la sed—. Me emborraché como nunca. Y hay una noche entera que no recuerdo. Yo, que lo recuerdo todo.
—Las Vegas es eso. —Se encoge de hombros, los ojos cerrados—. Luces, alcohol y gente haciendo tonterías que al día siguiente no significan nada. Capillas de plástico, bodas de borrachos. Puro teatro. Un juego.
—Ahí te equivocas. —Me sale la empresaria, la que se sabe la letra chica—. La gente cree que es un chiste. No lo es. Una boda en Las Vegas es legal. Firmas el acta, la registran, y estás casado de verdad. En Estados Unidos y en cualquier parte del mundo. —Suelto una risa seca—. Miles de idiotas despiertan con resaca y resulta que amanecieron casados. En serio casados. Para toda la vida, hasta que un juez diga lo contrario.
Kael no dice nada.
Pero abre los ojos. Y algo le cruza la cara, rapidísimo, que no alcanzo a leer. Se queda mirando un punto fijo en la arena, muy quieto, como quien acaba de hacer una cuenta en la cabeza y no le gusta el resultado.
—¿Qué? —pregunto.

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