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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 198

VALENTINA

—Cuando yo te diga, y no antes. —Kael habla sin mover apenas los labios—. ¿Entendiste? No improvises. No seas valiente. Obedece.

Me lo dice a mi, que no obedezco a ningún hombre, ni siquiera a mi padre.

—Lo que tú digas. —Miento, porque todavía no decido si le creo.

Lleva una hora trabajándose la cuerda de las muñecas contra un filo del bloque de la pared, con una paciencia que me pone los nervios de punta. Yo lo imito con la mía. Nos miramos en la penumbra, dos cómplices que no se conocen de nada, raspando cuerda en silencio mientras afuera los secuestradores discuten.

Son tres. Lo sé porque llevo horas contando voces, igual que él. Y tiene razón: son torpes. Gritan, se contradicen, uno se fue a buscar comida y no ha vuelto. Gente que improvisa un secuestro millonario sin saber lo que hace.

Mi cuerda cede primero.

No digo nada. Cierro la mano para que no se note y espero, con el corazón golpeándome, la señal.

La puerta se abre. Entra uno solo, el más joven, con una bandeja y un arma al cinto que maneja como quien nunca disparó.

—Agua. —La deja en el piso, nervioso—. El jefe dice que no les falte nada hasta que paguen.

—Qué considerado. —Kael habla tranquilo, casi amable, y el muchacho se relaja un segundo. Un segundo—. Oye. Antes de que te vayas. ¿Tú sabes quién es el padre de ella?

El chico duda.

—Porque cuando lo sepas —sigue Kael, con esa calma letal—, vas a querer estar muy lejos de este cuarto.

Y ahí, en el instante exacto en que el muchacho frunce el ceño sin entender, Kael se lanza.

No lo vi soltarse la cuerda. No lo vi prepararse. Un segundo está sentado y al siguiente ya tiene al chico contra la pared, le ha quitado el arma y le tapa la boca con una mano. Todo en silencio. Todo en tres movimientos limpios, de alguien que lo ha hecho antes.

—Ahora. —Me mira—. La llave. En su bolsillo derecho. Rápido.

Obedezco. Por primera vez en mi vida, obedezco sin pensarlo, y me odio un poco por lo natural que se siente seguirlo.

Salimos al pasillo. Kael va delante, con el arma, moviéndose pegado a la pared como si el peligro fuera su idioma materno.

—¿Cómo sabes hacer todo esto? —susurro.

—Después. —Ni me mira—. Camina.

Los otros dos están en un cuarto al fondo, con la tele puesta. Kael me hace una seña: por aquí. Cruzamos una cocina sucia, una puerta trasera con la llave puesta —la que él vio—, y de pronto estamos afuera.

Y afuera no hay nada.

Esperaba una calle. Una ciudad. Luces. Lo que hay es noche cerrada, aire seco, y una extensión negra que se traga el horizonte en todas direcciones. Un galpón de lámina en medio de la nada. Dos camionetas viejas estacionadas al lado.

—No estamos en Dubái. —Las piernas se me aflojan—. Kael, esto es…

—Desierto. —Termina él, mirando la oscuridad con los ojos entrecerrados—. Nos sacaron de la ciudad. Lejos. —Me agarra de la mano, y su mano está caliente y firme y no pregunta permiso—. Una camioneta. Vamos.

Corremos hacia la más cercana. Kael abre la puerta, se mete debajo del volante, arranca cables con dedos que saben lo que hacen. El motor tose, ruge.

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