VALENTINA
El vestido manchado me da la excusa perfecta para escaparme de la fiesta.
Una muchacha me señala un pasillo lateral, lejos del ruido, hacia unas habitaciones de huéspedes. Camino sola, con la seda roja pegándoseme a la pierna, dándole vueltas a dos cosas: la mujer que me tiró el vino sin que fuera un accidente, y la sombra que me miraba y desapareció.
Encuentro un baño, mojo el vestido, maldigo en voz baja. Y cuando salgo, el pasillo está demasiado oscuro. Las luces se apagaron. Solo aquí.
Me detengo. Cada instinto que tengo —y tengo muchos— se pone de pie a la vez.
Oigo pasos. Varios. Rápidos. Que no son de invitados.
Corro. Soy de las que corren y averiguan después. Pero el pasillo es largo y ellos son más rápidos, y antes de llegar a la luz una mano enorme me tapa la boca y un brazo me levanta del piso. Muerdo, pateo, clavo el tacón donde puedo. Peleo como me enseñó mi papá, sin reglas. Pero son tres contra una mujer con un vestido mojado, y lo último que siento, antes de que algo dulzón me cubra la cara, es rabia pura.
Después, nada.
(…)
Despierto con la cabeza como un tambor y sabor a químico en la boca.
No abro los ojos de golpe. Escucho primero. Un goteo lejano, el zumbido de un generador, cemento frío bajo la mejilla. No estoy en ningún lugar bueno.
Abro los ojos. Un cuarto sin ventanas, una bombilla desnuda, paredes de bloque, una puerta de metal. Y al otro lado, sentado con la espalda contra la pared y las muñecas atadas igual que las mías, un hombre.
La sombra de la fiesta tiene cara. Joven, dura, de una belleza que no pide permiso. Me mira con una calma que no cuadra con el lugar.
—Al fin despiertas. —Su voz es grave, tranquila—. Empezaba a aburrirme.
Me incorporo como puedo, con las manos atadas, y le sostengo la mirada.
—Tú estabas en la fiesta. —No es pregunta—. Mirándome toda la noche. ¿Por qué?
Algo le cruza la boca. Casi una sonrisa.
—¿De verdad necesitas que te lo diga? —Me recorre con los ojos, despacio, sin disimulo—. Eras la mujer más hermosa de ese salón. Con diferencia. Un hombre tendría que estar muerto para no mirarte.
—Guárdate eso. —Ni parpadeo—. A mí los galanes no me funcionan. Y menos uno que aparece atado en el mismo sótano que yo, justo la noche que me secuestran. —Me acerco de rodillas, desafiante—. Fuiste tú. Me distrajiste, me marcaste, y tus amigos hicieron el resto.
—Piensa un segundo, fierecilla. —Levanta las muñecas atadas, con paciencia, como quien le explica algo obvio a una niña lista—. Si yo fuera de ellos, ¿estaría aquí, en el piso, amarrado como tú? ¿Con este golpe en la cara? —Ladea la cabeza, y veo que sí, tiene el pómulo hinchado—. A mí me agarraron en el jardín, cinco minutos antes que a ti. Peleé. Perdí. Igual que tú.
Lo miro largo. Busco la mentira. Tiene lógica, maldita sea. Nadie se amarra a sí mismo.

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