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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 200

VALENTINA

El segundo día amanece y entiendo, de verdad, que me puedo morir aquí.

No como una idea. Como una certeza seca en la lengua hinchada, en los labios partidos, en la forma en que el sol ya no quema: exprime. La botella está vacía desde anoche. Kael la sacude igual, por costumbre, comprueba que no queda ni una gota y la deja caer en la arena.

—Hoy no caminamos. —Su voz también suena rota—. Gastaríamos agua que no tenemos. Esperamos a que baje el sol y buscamos terreno más bajo. Donde hay hondonadas, a veces hay humedad.

—¿Y si no hay?

—Entonces no hay. —Me mira un segundo largo—. Pero no te vas a morir hoy, Valentina. No te di permiso.

Debería odiarlo por hablarme así, como si mi vida fuera suya para dar o quitar. En vez de eso, algo en el pecho se me afloja. Y lo odio más por eso que por todo lo demás.

Tengo un corte feo en la planta del pie, de la fuga. Kael lo ve, rompe una tira de su propia camisa y se arrodilla frente a mí sin pedir permiso. Me venda el pie con una delicadeza que no le pega, que no cuadra con el hombre que anoche desarmó a tres secuestradores. Dedos largos, firmes, cuidadosos.

Y los miro, esos dedos, y otra vez el mundo se me tambalea un segundo. No por el sol. Por la sensación, absurda, de haberlos visto antes. De haberlos sentido antes.

—Ya. —Termina el nudo y se aparta, como si de pronto se diera cuenta de que estaba demasiado cerca—. Camina lo menos que puedas.

—¿Por qué me cuidas? —Lo suelto, ronca—. Si de verdad fuéramos dos desconocidos, ya me habrías dejado atrás. Peso muerto. El agua alcanza más para uno.

Kael se queda muy quieto.

—No todos funcionamos así.

—Todos funcionan así cuando se trata de vivir. —Lo estudio—. Menos tú. Y no sé por qué, y eso me está volviendo loca. Dime algo. Una cosa. Lo que sea verdad. ¿Alguien te espera? ¿Alguien allá afuera va a notar que no estás?

Pasa un silencio largo, de esos que en el desierto duran siglos.

—Nadie que me quiera. —Lo dice sin lástima, como quien informa el clima—. Que es distinto a que nadie me espere.

Y esa frase se me clava hondo. Porque yo, que lo tengo todo —familia, dinero, un apellido que pesa en dos continentes—, acabo de entender que este hombre está más solo que nadie que haya conocido. Y en lugar de darme miedo, me da unas ganas enfermas de saber quién lo dejó así.

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