Cuando dijo «Que piense lo que quiera», significaba que le tenía completamente sin cuidado si los rumores llegaban a los oídos de Don Guillermo Zavala.
Ya estaba preparado para enfrentar las consecuencias.
Tras terminar el almuerzo, Lucía y su padre salieron hacia la recepción del restaurante en compañía de los proveedores. Justo en la puerta de salida, se toparon frente a frente con Alejandro, Jimena, Gustavo y su grupo.
Era evidente que también iban de salida.
Varios de los empresarios reconocieron a Alejandro. Al ver a semejantes titanes de los negocios, se quedaron perplejos por un segundo y luego se apresuraron a saludarlos con respeto.
Ese joven CEO manejaba sus empresas con puño de hierro; era despiadado y calculador hasta en el más mínimo detalle, al punto de que los ejecutivos que le doblaban en edad tenían que acercarse a él con sonrisas serviles.
—Señor Zavala, señor Beltrán, señor Paredes... Cuánto tiempo sin verlos.
—El placer es mío —respondió Alejandro estrechándoles la mano con firmeza.
Como la asociación comercial entre la familia Zavala y el Consorcio García aún estaba en negociaciones preliminares y no había firmas en el papel, Horacio prefirió guardar las distancias y no comentar nada.
Lucía, por su parte, los ignoró olímpicamente.
¡Pero en ese instante, un escalofrío le recorrió la espalda! Recordó que, durante la comida, esos mismos empresarios la habían halagado, insinuando que ella y Alejandro eran la pareja ideal y próximos a casarse, y ella por puro protocolo no los había corregido.
Lucía intuyó que la situación iba a ponerse tensa y miró rápidamente a Jimena.
Jimena también la miraba, como si le hubiera leído la mente. En un abrir y cerrar de ojos, Jimena se aferró con descaro al brazo de Alejandro, clavándole a Lucía una mirada venenosa de desafío.
Ante aquel descarado gesto de intimidad pública, los empresarios quedaron estupefactos, alternando la mirada atónita entre Jimena y Lucía.
Al principio, como Jimena estaba plantada justo entre Alejandro y Lucas, los señores no sabían quién la había llevado; pensaban que era la pareja de alguno de los otros o, simplemente, una atractiva secretaria como trofeo decorativo. Pero ahora, al colgarse de Alejandro frente a todos sin que este la apartara...
¿Eso no declaraba a los cuatro vientos que ella era su mujer?
Pero, un momento... ¿Acaso el poderoso Alejandro Zavala no estaba comprometido con la heredera de los García?
Uno de ellos, incapaz de contenerse, tartamudeó: —Pero, ¿esto...?



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