Al principio, Jimena solo sintió enojo, pero cuando observó con claridad que la decoración de fondo no era la de una habitación de hotel y que en la mesa de noche descansaban los libros que Alejandro Zavala solía leer, se dio cuenta de que se trataba de su entorno privado; la ira en su pecho se disparó de inmediato hasta alcanzar su punto máximo.
Esto significaba que Alejandro había llevado a alguien más a su propia casa, a ese santuario que era su territorio privado, y ahora albergaba a otra mujer.
Jimena no tenía cabeza para trabajar; se contuvo durante unos días, pero al final, incapaz de convencerse a sí misma, marcó el número de Mateo Vicario.
Mateo se sorprendió un poco al recibir la llamada de Jimena, y tras escucharla, su tono fue sumamente protocolario: —Srta. Jiménez, la verdad es que no estoy al tanto de este asunto; nosotros, los subordinados, no acostumbramos meternos en los asuntos personales del señor Zavala.
A Jimena se le encogió el corazón y presionó: —¿Dónde está Alejandro hoy?
Mateo midió sus palabras cuidadosamente y respondió con formalidad: —Srta. Jiménez, el señor Zavala ha salido de viaje de negocios, por el momento no se encuentra en Puerto Coral.
Esa mentira tan superficial no logró tranquilizar a Jimena en absoluto. La amargura y el resentimiento ahogaron por completo su razón.
Al caer la noche, ignorando todo a su alrededor, condujo directamente a la casa de Alejandro.
Leonor de Zavala vio a Jimena llegar de imprevisto y su rostro reflejó una total sorpresa: —¿Por qué has venido? Alejandro se mudó de esta casa hace tiempo, ahora vive principalmente en la Finca de La Luz.
Al decir esto, Leonor se llenó de dudas y preguntó: —¿Qué pasa? ¿No te lo dijo?
Durante el tiempo en que Jimena estuvo hospitalizada...
¿No estuvo su buen hijo acompañándola todos los días?
Incluso mandó llamar a Doña Marta para que le preparara sopa especialmente a Jimena.
Jimena se tensó por un instante, pero recuperó la compostura rápidamente. En ese momento, la empresa de la familia Jiménez aún necesitaba depender del poder y el prestigio de Alejandro; no podía revelar el hecho de que ya habían terminado.
Ocultó con rapidez las emociones en sus ojos, disimulando su amargura con gracia, y se excusó con una leve sonrisa: —Doña Leonor, me lo dijo hace mucho tiempo, es solo que debido a las secuelas del accidente a menudo olvido cosas y vine aquí por inercia. Por cierto, Doña Leonor, ¿cómo ha estado de salud últimamente?
—Yo estoy muy bien —respondió Leonor con suavidad, y preguntó a modo de charla casual—: ¿Cómo está tu salud? Las obras de caridad que solías administrar, ¿todavía las sigues llevando a cabo?

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