Apenas aterrizó en Puerto Coral, Alejandro se dirigió directamente a la empresa.
Noel le presentó su informe sobre los últimos días: —Estoy segura de que la señorita Lucía se dio cuenta de quién soy. Fui yo quien manejó su auto, y ella, sin decir una sola palabra, me dejó sentarme en el asiento del conductor y llevarla.
Alejandro frunció el ceño. Ella no solía ser alguien tan obediente. —¿Acaso pensó que eras un muchacho guapo, le gustaste y por eso te siguió sin rechistar?
Noel respondió: —No, señor. Si a la señorita Lucía ni siquiera le gusta usted, mucho menos le voy a gustar yo.
Mateo Vicario, que seguía intentando descifrar si ese comentario era un halago o un insulto, vio cómo Alejandro se quedaba en un silencio sepulcral.
Noel continuó con su explicación: —Ese día sostuve a la señorita Lucía en mis brazos cuando se desmayó. Es imposible que no se haya dado cuenta de que soy mujer.
Mateo miró de reojo la figura andrógina y esbelta de Noel, preguntándose si ella realmente carecía por completo de autoconciencia.
Alejandro se sentó en su silla y bajó la vista hacia los documentos que le había entregado Mateo.
Noel, sin detenerse, añadió: —Hubo algo aún más extraño. Cuando la esposa del señor Julio tuvo el accidente, una persona con la personalidad del señor Beltrán a lo mucho habría llamado a urgencias. Nunca se habría puesto tan histérico.
Alejandro captó la insinuación de inmediato y preguntó: —¿Me estás diciendo que Gustavo Beltrán hizo todo ese espectáculo solo para ganar puntos con Lucía?
—No... —pensó Noel, sorprendida de lo rápido que el señor Zavala detectaba posibles rivales amorosos.
Lo que ella en realidad sospechaba era si Gustavo tenía algún romance secreto con Cristina.
Alejandro firmó un documento con un trazo rápido. —Mientras no sea ella, perfecto. No tengo tiempo para averiguar a quién le están poniendo los cuernos.
Solo le importaba que no se los pusieran a él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero