El trayecto que normalmente tomaría más de veinte minutos se redujo a poco más de diez gracias a la conducción agresiva e impecable de Noel, deteniéndose justo en la entrada del centro comercial.
Lucía estaba consumida por la ansiedad. Al llegar, no perdió ni un segundo, empujó la puerta y bajó del auto corriendo. En parte se culpaba a sí misma por haber ignorado los deseos de su cuñada; varias veces Cristina había mencionado que quería comprarles regalitos a los bebés, pero todos en la familia le insistían en que lo hiciera por internet para evitar las aglomeraciones de los lugares públicos. Sin embargo, a ella le importaba demasiado elegir los primeros regalos de sus hijos en persona.
Mientras corría por los pasillos, Lucía llamó a Doña Rosa para preguntarles dónde estaban.
Apenas la voz de Doña Rosa sonó al otro lado de la línea diciendo que se encontraban en la sección de maternidad del tercer piso, un grito agudo y desgarrador atravesó el auricular, seguido de un estruendo caótico y lleno de pánico.
—¿Q-Qué pasó?
Lucía se estremeció violentamente, toda la sangre huyó de su rostro dejándola pálida como el papel, y su voz no paraba de temblar.
Su cuñada no podía sufrir un accidente en este momento tan crucial.
Preguntó desesperadamente mientras seguía corriendo, pero en la línea solo se escuchaba un alboroto incomprensible, sin que nadie le respondiera.
Lucía subió por las escaleras eléctricas hasta el tercer piso.
Durante ese trayecto, su madre y Leo no paraban de llamarla, pero ella no tenía cabeza para responder.
Al salir de las escaleras mecánicas, la escena que vio se le clavó en las retinas con brutalidad. Cristina estaba tendida en el suelo; un charco de sangre cálida fluía a borbotones de entre sus piernas, manchando de un rojo escandaloso y aterrador el piso pulido del centro comercial.
Jimena estaba de pie a un lado, con un rostro sombrío y el aura más pesada posible.
Daniela, muerta de miedo, retrocedía agitando las manos frenéticamente mientras balbuceaba con terror: —¡Yo no fui, lo juro que no fui yo!
Gustavo Beltrán, que venía corriendo, tenía una expresión furiosa y aterradora. Sin decir una sola palabra, levantó la pierna y le dio una patada tan brutal a Daniela que la mandó a volar varios metros.
Acto seguido, levantó a Cristina en sus brazos.
Al ver aquel charco de sangre en el suelo, las venenosas palabras que alguna vez pronunció Jimena resonaron en la mente de Lucía: "La línea de la familia García se ha extinguido por completo".

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