Lucía salió vestida con una pijama bastante recatada, con el rostro normal pero con un cansancio innegable en los ojos.
Isabel dejó el tazón sobre la mesa, frunciendo el ceño:
—¿Tienes idea de cuántas veces te has bañado ya? ¿Es necesario castigarte así?
Lucía bajó la mirada, hablando con un hilo de voz:
—Quiero irme a casa.
Isabel la miró atónita:
—¿Es en serio? ¿Ese bicho te traumatizó de por vida?
Para su sorpresa, Lucía levantó la vista y asintió.
Isabel suspiró y decidió no darle más vueltas.
—Está bien, está bien. Come primero. Luego buscamos vuelos y nos regresamos temprano.
—Vamos a tu habitación —respondió Lucía.
Dicho esto, agarró su maleta y fue al cuarto de Isabel. No quería quedarse en esa habitación ni un segundo más.
Resignada, Isabel tomó los dos tazones y la siguió.
Mientras caminaba tras ella, notó que Lucía se movía de manera extraña. Sus pasos eran lentos y rígidos, como si le dolieran las piernas.
Pensó que tal vez se había torcido el tobillo en el campo. Sin darle demasiada importancia, comentó:
—Si te duele algo, tienes que decírmelo.
El cuerpo de Lucía se tensó imperceptiblemente, y asintió de espaldas a su amiga.
Pasó toda la tarde encerrada en el cuarto de Isabel.
No dejó de actualizar la página de vuelos en su teléfono, buscando una forma de regresar a Puerto Coral.
Sin embargo, todos los boletos para ese día estaban agotados.
El pánico se apoderó de su pecho.
Necesitaba ir a la ciudad de inmediato para conseguir la pastilla anticonceptiva.
De milagro encontró un boleto cancelado a última hora y lo compró sin dudar. Solo después le dijo a su amiga:
—Solo había un pasaje. ¿Qué hacemos? Me iré yo primero y tú te regresas mañana con Diego.

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