Aturdida por el pánico, extendió la mano hacia el vaso de agua que tenía enfrente, intentando usarlo como escudo para disimular su nerviosismo. Sin embargo, antes de que pudiera levantarlo, Alejandro posó suavemente su mano sobre la muñeca de ella.
Ese roce inesperado hizo que tanto Lucía como Salvador se quedaran petrificados.
La voz de Alejandro era profunda y su tono no delataba la menor emoción:
—Tu vaso está aquí.
La soltó de inmediato y, desde su lugar, deslizó el vaso que realmente le pertenecía hasta dejarlo justo frente a ella.
Solo entonces Lucía se dio cuenta de que, en su desesperación, había estado a punto de tomar el vaso de Salvador.
Sintió que las mejillas le ardían. Miró rápidamente a Salvador y se disculpó en voz baja:
—Perdón.
Salvador también se sonrojó un poco y le respondió con dulzura:
—No pasa nada.
Sus miradas se cruzaron por un instante, y una chispa de tensión romántica inundó el ambiente sin que nadie dijera una palabra.
Todo esto ocurrió frente a los ojos de Alejandro. La aparente calma en su rostro se esfumó en un parpadeo, reemplazada por una sombra gélida.
—Coman —dijo Alejandro en tono seco.
Lucía sujetaba los cubiertos, pero el apetito se le había esfumado por completo.
Salvador era el hijastro de Beatriz Zavala. Era pariente de sangre de Alejandro.
Bajo ninguna circunstancia podría permitir que entrara al departamento de investigación de su empresa.
Y en cuanto a ese absurdo y fugaz enamoramiento que la había impulsado a querer conquistarlo, se había desvanecido hasta sus cimientos.
Su corazón latía con descontrol. Instintivamente sintió la mirada de Alejandro clavada en ella, una mezcla de escrutinio y frialdad. Seguramente se estaba preguntando de dónde conocía a Salvador y por qué parecían tener tanta confianza.
Salvador, ajeno a la tormenta silenciosa, peló un camarón con cuidado y lo depositó suavemente en el plato de Lucía.
—Vamos, come algo.
Lucía miró la comida, pero no hizo el menor amago de probarla.
Él notó enseguida que algo andaba mal y le preguntó:
—¿Trajiste el contrato?
Al escucharlo, Lucía llevó la mano al bolso casi por inercia; el contrato estaba ahí dentro. Pero al segundo siguiente, chocó de frente con los ojos oscuros y profundos de Alejandro, fríos como el hielo, y su impulso se congeló.
Lucía se puso de pie bruscamente:
—Voy un momento al baño...

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