—De nada importante... —respondió Alejandro, suavizando su expresión antes de salir del salón junto a Jimena—. Solo tenía que aclarar un par de dudas técnicas.
—¿Y ya las aclaraste?
En realidad, a Jimena no le importaba cuáles fueran esas dudas, lo único que deseaba era que él dejara de tener esa dinámica tan confusa y constante con Lucía.
Alejandro simplemente asintió con la cabeza.
Cuando regresaron a la mesa, todos dejaron escapar un suspiro de alivio. Nadie quería que la situación se saliera de control, en especial Lucas Paredes, quien detestaba la idea de que Lucía y Alejandro volvieran a involucrarse frente a sus propias narices.
Al terminar la comida, Diego se acercó a Gustavo Beltrán y le pidió un favor:
—Gustavo, Lulú vino directo del aeropuerto y no trae su auto. ¿Podrías llevarla a casa?
Gustavo no lo dudó ni un segundo. Asintió y respondió:
—Claro.
Lucía se subió al auto de Gustavo y el trayecto transcurrió en un silencio profundo.
Siempre había notado que Gustavo era un hombre de pocas palabras, el tipo de persona que solía quedarse en un segundo plano.
Pero fue precisamente este hombre reservado quien, cuando ella no tenía a dónde acudir, le había prestado cincuenta millones de pesos sin hacer preguntas.
Aunque el intermediario había sido Diego, y probablemente lo había hecho como un favor hacia él, el gesto no dejaba de ser significativo.
En la cabina solo se escuchaba el suave ronroneo del motor. De repente, Lucía rompió el silencio con una voz suave:
—Gustavo... ¿tienes a alguien que te guste?
Las manos de Gustavo se tensaron sobre el volante. Mantuvo la vista fija en la carretera y, tras unos segundos de silencio, respondió:
—Sí —admitió él—. Pero ella ya está casada.
...
Los días pasaron y Alejandro no volvió a contactar a Lucía. Parecía haber desistido.
Lucía, por su parte, se sumergió de lleno en su trabajo, recuperando su paz mental. Salía temprano de casa y regresaba tarde. El silencio de Alejandro le venía como anillo al dedo.

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