Al día siguiente, Lucía se reunió con un proveedor.
En su vida pasada, había ciertos socios comerciales que siempre intentaban aprovecharse. Primero rechazaban la mercancía y, al ver que el Consorcio García no podía venderla a nadie más, ofrecían comprarla a precio de remate.
Gran parte de lo que fabricaban eran productos personalizados con especificaciones muy exactas, por lo que era imposible venderlos a otro cliente.
A veces, Lucía realmente sospechaba que alguien los estaba asesorando en secreto, acorralando poco a poco al Consorcio García.
Y ese alguien solo podía ser Alejandro Zavala o Jimena Jiménez.
—Siendo así, creo que lo mejor será dar por terminada nuestra colaboración comercial —dijo Lucía con una sonrisa gélida mientras se ponía de pie—. Quizá en el futuro haya otra oportunidad.
—Pero... espere... —El proveedor se quedó atónito. No esperaba que la heredera de los García actuara tan radicalmente. ¡Ni siquiera intentó negociar!
¿Acaso trataba a sus clientes más importantes con esa misma ligereza?
No fue hasta que Lucía y su asistente desaparecieron por la puerta que el hombre comprendió que hablaban en serio: el trato se había cancelado.
El Sr. Solís tomó su teléfono y llamó a Víctor Jiménez.
—Sr. Jiménez, los García acaban de cancelar el contrato así de la nada.
—La que fue a la reunión fue la hija de Horacio. Dudo mucho que haya descubierto algo. Simplemente es una niña mimada que no tiene la menor idea de cómo hacer negocios. Se rindió a los dos minutos de sentarse. Si te soy sincero, no le llega ni a los talones a mi hija...
El Sr. Solís se rio al escuchar las palabras de Víctor Jiménez.
—¡Perfecto! Entonces lo dejamos así por ahora.
Por su parte, Víctor colgó el teléfono y murmuró para sí mismo:
—Si Horacio García es tan iluso como para dejarle negocios importantes a su hija, el Consorcio García no tardará en irse a la quiebra. Ni siquiera tendremos que ensuciarnos las manos.
Diciendo esto, negó con la cabeza, divertido.
...
Cuando Lucía regresó a la oficina, Julio le preguntó sobre la reunión:
—Lucía, ¿cómo te fue con el Sr. Solís?
—Cancelé el trato.
Julio se quedó paralizado y enderezó la espalda en su imponente silla de cuero.
—¿Lo cancelaste?
Lucía se sentó frente a él, de lo más relajada.
—Ese Sr. Solís no me dio buena espina. No parece una persona de fiar.

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