Ni siquiera Aspen, por respeto, le había contado a Abel sobre el verdadero género de Dúnya, así que Gael mucho menos iba a andar con chismes.
Sin embargo, preocupado por su hermano, le dijo:
—Si de verdad te gusta Dúnya, declárate de una vez. No esperes a que se enamore de otro y luego te arrepientas—.
Abel se quedó perplejo por un momento y luego se apresuró a decir:
—¡No digas tonterías! ¿Quién dijo que me gusta? Es un muchacho, y yo soy un hombre hecho y derecho, además de que le llevo muchos años. No pegamos ni con cola—.
Gael frunció los labios, sin insistir, y volvió a preguntar:
—¿No piensas volver a casa para las fiestas?—.
Abel respondió: —No, no voy a volver. Si lo hago, Dúnya se sentirá incómodo—.
Desde aquella noche en la boda de Aspen y Carol, cuando lo forzó a dormir abrazado a él, Abel se había mudado.
No quería que Dúnya se fuera, así que irse él era la única manera de que se quedara.
Estos últimos dos meses, había estado viviendo y comiendo en la empresa.
Aunque todos los días, después del trabajo, pasaba por casa para verlo, no se quedaba mucho tiempo. Entraba un rato y luego se iba, tratando de no incomodarlo.
Gael preguntó con el ceño fruncido:
—Si no vuelves a casa, ¿vas a pasar las fiestas en la empresa?—.
Abel contestó: —No, hombre, me quedaré en mi otra casa. Además, la empresa no está tan mal, ¿eh? No me importaría pasar las fiestas aquí—.
Gael: —...—.
Abel sonrió. —No te preocupes por mí. Ya sabes que hay mucho trabajo en la empresa. Con o sin Dúnya, tengo que estar aquí metido día y noche. Ahora que Aspen no está, el trabajo se me acumula—.
Gael guardó silencio un momento antes de hablar.
—Le comentaré a Tania lo de Dúnya. Cuando sepa a qué hora pueden verse, te aviso—.
—¡Perfecto!—.
Los hermanos colgaron y Abel se quedó mirando el teléfono, pensativo.
¡Claro que quería volver a casa y pasar las fiestas con Dúnya!
¿Cómo no iba a quererlo?

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