Aspen avanzaba con dificultad, cargando a cuestas a su tercer abuelo, mientras los otros tres ancianos se apoyaban unos en otros, siguiéndolo de cerca.
Todos ellos tenían el rostro pálido y el aspecto desaliñado, como si hubieran salido de una batalla a muerte.
Cuando vieron a Ledo, no pudieron ocultar la sorpresa en sus ojos.
—¡¿Ledo?!—
Ledo, con los ojos enrojecidos y el ceño fruncido, corrió hacia ellos.
—¿Qué pasó? ¿Están bien?—
Aspen lo detuvo con un gesto.
—No te acerques todavía.—
En ese momento, Ledo recordó las advertencias de su mamá y su bisabuela. Rápidamente abrió su mochilita, se puso el overol de protección, se ajustó bien el cubrebocas y se aseguró de estar completamente cubierto.
Solo cuando estuvo listo, se acercó de nuevo.
—Papá, ¿qué les pasó? ¿Qué tiene el tercer bisabuelo?—
Aspen, agotado, tuvo que hacer una pausa antes de responder.
—Por ahora no sabemos exactamente qué está pasando. Necesitamos que tu bisabuela y tu mamá lo revisen. ¿Y tú qué haces aquí?—
Ledo arrugó el entrecejo.
—Como no teníamos noticias de ustedes, nos empezamos a preocupar mucho. Por eso vinimos a buscarlos.—
—Mi mamá y Laín también vienen, están justo detrás. No tardan en llegar. Ah, y mi mamá me pidió que les dijera que, si se sienten mal, no sigan caminando. Mejor quédense donde están y descansen.—
Aspen se sorprendió.
—¿Tu mamá viene para acá?—
—¡Sí! Está muy preocupada por ustedes.—

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