El cielo, de repente, parecía poseído por demonios: en un abrir y cerrar de ojos, el sol radiante se esfumó y una manta de nubes negras cubrió todo.
Tesoro y Luca jugaban en el patio cuando notaron el cambio. Los dos niños alzaron la vista, asustados al ver cómo las nubes bajaban como garras de monstruo, oscuras y amenazantes.
Soltaron sus juguetes y corrieron hacia la casa, gritando:
—¡Mami, el cielo se puso negro! ¡Qué miedo!
Carol también lo notó. Salió rápido al patio, miró al cielo gris y arrugó la frente. Llamó a los niños:
—Entren a jugar, váyanse adentro, no salgan.
Tesoro y Luca obedecieron y se metieron a la casa. Carol, preocupada, caminó deprisa hacia la casa de doña Ruiz, la abuela.
—Abuela, el clima cambió de golpe —le avisó.
La señora estaba parada junto a la ventana. Al escucharla, desvió la mirada y respondió:
—Aquí en la sierra el clima es así, mi niña, nunca se sabe, cambia de un segundo a otro.
Carol no se tranquilizaba.
—Escuché a Aspen decir que cuando el día está nublado, El Abismo se pone más peligroso.
La abuela suspiró, buscando calmar a Carol y a sí misma.
—Ellos saben lo que hacen, si ven que algo anda mal, van a salir de inmediato, no te preocupes tanto.
Pero, aunque dijera que no, ¿cómo no iba a preocuparse? Todos sabían que cuando el cielo se cubría, El Abismo se volvía aún más hostil y riesgoso.
Pasó la mañana y ni Carol ni la abuela podían concentrarse en nada.
A la hora de la comida, ya todo estaba listo, pero Aspen y los abuelos todavía no regresaban.
Carol iba y venía, asomándose a la puerta, revisando la sala de monitores. Si salían de El Abismo, las cámaras térmicas los mostrarían, pero no había ni una señal. El reloj marcaba más de las doce y todo seguía igual.
No solo Carol estaba inquieta; hasta los niños empezaron a desesperarse.
Laín se acercó a la abuela y preguntó:
—Abuela, ¿no que solo iban a estar dos horas? Entraron como a las siete, ¿por qué no han salido?
La viejita tampoco lograba calmarse:
—Quizá ya salieron, pero no han llegado a donde hay señal. Ya sabes que dentro de dos kilómetros ahí en El Abismo no hay nada de comunicación.
—Pero... —insistió Laín, frunciendo el ceño—. Normalmente salen como a las nueve, descansan un poco y regresan. Ya debería estar aquí, casi es la una.
Ledo, ya inquieto, intervino:
—Abuela, déjame ir a buscarlos, ¿y si se desmayaron en la entrada de la cueva? Si nadie va, podrían estar en peligro.
Ledo llevaba rato queriendo salir. Sabía que la montaña estaba tranquila, sin extraños, y que su mamá y la abuela no correrían riesgo. Por eso quería ir a buscar a su papá y al bisabuelo.
La abuela dudaba, temía que se metiera solo a El Abismo y por eso lo había detenido.
En eso, Laín se sumó:
—Abuela, vamos los dos. Nosotros conocemos bien la montaña, no nos va a pasar nada. Yo cuido que Ledo no se meta solo a El Abismo.
La abuela titubeó. Carol, con el ceño fruncido, dijo:

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