Siguieron caminando un buen rato, hasta que, después de varias decenas de minutos, llegaron frente a una especie de sótano.
El quinto abuelo y el tercer abuelo, que ya conocían bien el lugar, apartaron con destreza la capa de hojas secas que cubría la entrada. Luego, abrieron la pesada puerta de madera y entraron, llevando a Aspen con ellos.
Ese sótano lo habían construido a mano, con mucho esfuerzo, los propios viejos del pueblo. Era un espacio amplio, lleno de todo tipo de equipos que, según decían, eran indispensables para entrar en El Abismo.
El quinto abuelo fue directo hasta una caja fuerte grande, la abrió y sacó de ahí varias prendas que le pasó a Aspen.
—Póntela al entrar —le explicó—. Está hecha con un material especial, resistente a cualquier cosa corrosiva y, además, no se rompe fácil. Nos protege de cualquier corte o herida.
El tercer abuelo, con orgullo, agregó:
—Desde que el quinto abuelo inventó este traje, nunca más nos hemos lastimado ahí dentro. No te dejes engañar por su apariencia sencilla, es más duro que el cuero de zapato. Ni un cuchillo lo atraviesa.
Aspen recibió la ropa y la examinó. El material era completamente desconocido para él, pero se notaba firme y flexible.
El quinto abuelo repartió los trajes entre todos y, luego, sacó de su mochila unas camisetas ajustadas y livianas.
—Pónganse esto debajo, así tienen doble protección —dijo.
Los viejos no preguntaron nada. Sin dudarlo, se quitaron la ropa y, ahí mismo, se cambiaron siguiendo las indicaciones del quinto abuelo.
Con los materiales y el equipo, nadie discutía: si el quinto abuelo lo decía, estaba bien.
Aspen hizo lo mismo, se puso el traje, el casco y todo el equipo necesario, quedando completamente preparado.
Cuando ya todos estuvieron listos, el tercer abuelo y el quinto abuelo le advirtieron a Aspen:
—Cuando salgamos, mantente siempre detrás de nosotros y sigue nuestros pasos.
—Para que nadie se meta a lo loco, pusimos varias trampas y hasta hay una zona con minas. Si te sales del camino, te la juegas. Si vas pegado a nosotros, no pasa nada.
Aspen asintió con seriedad.
—De acuerdo.

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