A las seis en punto de la mañana, Aspen se despidió de Carol y de la bisabuela, y salió junto a varios de los abuelos.
Carol parecía preocupada, así que la bisabuela la tranquilizó:
—No te preocupes tanto, hija. Ellos no son ningunos tontos, aunque se encuentren con peligro, estoy segura de que sabrán cómo volver sanos y salvos.
Carol soltó el aire suavemente.
—Sí, tienes razón.
En ese momento, los niños salieron corriendo de sus habitaciones. Al ver a Carol y a la bisabuela paradas en la puerta, se acercaron todos juntos.
—¡Mami! ¡Bisabuela! ¿Ya se fueron papá y los abuelos?
Carol se giró y asintió.
—Sí, se acaban de ir.
Ledo frunció un poco la cara; miraba hacia adelante, con ganas de ir pero también algo triste.
—Ya se fueron...
Carol sabía bien que él también quería ir, así que le acarició la cabeza y le habló con cariño:
—Tu cuarto bisabuelo y tu bisabuelo menor también fueron. Hoy les va a tocar a ti y a tus hermanos protegernos a mí, a la bisabuela y a tu hermana pequeña.
La bisabuela, con una sonrisa llena de ternura, añadió:
—Ya todos mis tesoros han crecido. Ahora pueden cuidar de su mami, de su hermanita y de su bisabuela.
Ledo respondió enseguida:
—No se preocupen, mami y bisabuela. ¡No las vamos a defraudar!
Miro dijo:
—Yo me voy ya mismo a la sala de monitores, para vigilar todo.
Laín, Ledo y Luca también dijeron:
—¡Nosotros también vamos!
Carol sonrió.
—Vayan, yo les preparo el desayuno y los llamo cuando esté listo.
—¡Sí, sí! —respondieron todos y salieron corriendo rumbo al cuarto de computadoras del abuelo.

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