No sabía si era cosa suya, pero sentía que ese lugar era peligroso.
Sin embargo, al mirar con atención, todo parecía de lo más normal.
La foto era a color, con tonos vivos. Se veía una cueva, algunas flores y matorrales, piedras y árboles.
La cueva era como cualquier otra que uno podría encontrar en las montañas, nada en especial que la hiciera parecer peligrosa.
Pero, por alguna razón, cada vez que apartaba la vista y volvía a mirar, un escalofrío le recorría la espalda y sentía un frío extraño en el pecho.
El tercer abuelo le preguntó:
—¿Ves algo raro?
Aspen frunció el ceño y respondió:
—Siento que hay algo raro, pero no sé qué es.
El tercer abuelo sacó una segunda foto y se la mostró. Esta foto solo mostraba la cueva, sin flores, árboles ni nada alrededor.
—Mira esta otra, aquí se siente más directo el peso de El Abismo.
Aspen apretó el entrecejo.
—Parece que dentro de la cueva hay unos ojos mirando hacia afuera.
El tercer abuelo asintió.
—Exacto. Es como si tuviera alma, te pone los pelos de punta. Si estuvieras ahí, lo sentirías mucho más fuerte.
—Para que te hagas una idea, estar frente a esa cueva es como si en los tiempos antiguos un campesino se encontrara de pronto frente al presidente.
—Cuando vayas, lo vas a entender.
Aspen se quedó mirando la foto un rato y luego preguntó:
—¿Tienen fotos del interior de El Abismo?
El tercer abuelo negó con la cabeza.
—No, una vez dentro, todos los aparatos electrónicos dejan de funcionar. Los celulares no solo se quedan sin señal, se apagan por completo, igual las cámaras.
—La abuela seguro te mencionó que incluso los medicamentos para cortar hemorragias dejan de servir ahí dentro.
Aspen frunció el ceño.

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