Carmen tomó un sorbo de su té y reflexionó un momento.
—Tienes razón.
Isabela siempre quedaba entre los treinta mejores a nivel nacional en los exámenes simulacro y entre los diez primeros en el Colegio del Sur. Era un diamante en bruto, quizás podría captar la atención del profesor Cuevas.
Si Isabela lograra obtener el mejor promedio nacional este año...
Carmen llamó inmediatamente al mayordomo.
—Averigüe el contacto del profesor Cuevas. Rápido.
—Ya se hace tarde —dijo Verónica, dejando su taza y levantándose—. Carmen, me voy. Seguimos en contacto.
Carmen se levantó apresuradamente para despedirla.
...
En la sala de seguridad del hospital.
—Subdirector De la Vega —dijo el guardia de turno, un joven llamado Pablo, levantándose de un salto al verlo entrar—. El asistente Luis nos avisó que vendría a ver las grabaciones después del trabajo.
—Sí, necesito confirmar algo.
Leonardo se sentó frente al ordenador y fue directamente a los registros del día en que Isabela se cayó por las escaleras en el hospital.
Después de buscar un buen rato, localizó la cámara del rellano de la escalera del segundo piso del ala oeste.
Pablo, de pie detrás de él, comentó casualmente: —Hoy también vino el director a revisar las grabaciones.
—¿El director? —frunció el ceño Leonardo—. ¿A qué vino?
—No lo sé —negó Pablo con la cabeza—. Pero con él venía alguien muy importante.
—¿Alguien importante?
Pablo se acercó y le susurró al oído a Leonardo: —El presidente de Montenegro Corp, Alejandro Montenegro.
Ese nombre era ya una leyenda en la Ciudad de México.
Las pupilas de Leonardo se contrajeron ligeramente.
—¿Alejandro Montenegro? ¿Cómo es que...?
—Dicen que la hija de los Montenegro estuvo a punto de ser secuestrada, pero alguien la salvó. ¡Ahora está ingresada en nuestro hospital!
Desde que la joven Montenegro ingresó, había guardaespaldas de civil de la familia por todo el hospital, y el jefe de seguridad les había insistido en reforzar las medidas.

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