La misión de rescate se planificó con la precisión de una partida de ajedrez jugada a nivel de gran maestro y la ferocidad de una jauría de lobos acorralando a su presa. No sería una demostración de fuerza bruta, sino una infiltración quirúrgica en las entrañas del territorio enemigo. La fortaleza de las Serpientes de Obsidiana era una cicatriz de la Guerra Fría, un búnker soviético abandonado y reconvertido, excavado en las gélidas laderas de las montañas del Cáucaso, un lugar diseñado para resistir un ataque nuclear.
El equipo de asalto era una leyenda en sí mismo: los mejores operativos de las fuerzas especiales privadas de Alejandro, hombres que se movían como fantasmas, combinados con un pequeño contingente de leales del Clan del Lobo de Escarcha que Fabián había logrado contactar en secreto. Fabián lideraba en el terreno, su conocimiento de las tácticas del clan enemigo era invaluable.
Aurora, a pesar de su insistencia, se vio obligada a permanecer en el centro de mando. Su familia y Alejandro habían sido inflexibles: era demasiado valiosa para arriesgarla en el campo. Pero su mente estaba allí. Desde una base de operaciones temporal en un país limítrofe, observaba un mosaico de pantallas que mostraban imágenes de drones térmicos, comunicaciones encriptadas y los signos vitales de los miembros del equipo. A su lado, Alejandro y Fernando mantenían una vigilia tensa, el silencio en la sala roto solo por el zumbido de los servidores y las órdenes susurradas.
La infiltración se ejecutó con una perfección letal. Aprovecharon una tormenta de nieve para enmascarar su aproximación. Desactivaron los perímetros de seguridad electrónicos con tecnología de Montenegro Corp y superaron las defensas humanas con las antiguas técnicas de sigilo del Clan del Lobo. Se deslizaron por los pasillos de hormigón como sombras, neutralizando a los guardias antes de que pudieran dar la alarma.
Fabián encontró la celda en el nivel más profundo del búnker. La puerta de acero se abrió con un silbido hidráulico. Dentro, la mujer que vio era a la vez un fantasma y una leona. Elena Solís estaba más delgada, su cabello, antes de un negro azabache, ahora era una cascada de plata. Su rostro estaba surcado por líneas de sufrimiento, pero sus ojos... sus ojos ardían con un fuego que dieciocho años de cautiverio no habían podido extinguir.
Cuando vio a Fabián, no hubo shock. Solo un reconocimiento profundo, ancestral.

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