Carmen firmó el contrato directamente con Héctor, estableciendo provisionalmente un mes de clases particulares.
La tarifa se fijó por hora, a ocho mil pesos la hora.
—¿Por qué te esmeras tanto con ella? —preguntó Verónica, la amiga de Carmen, observándola firmar el contrato con el ceño fruncido—. Carmen, ¿en qué estás pensando? No es más que la hija de una sirvienta, no vale la pena tanto esfuerzo.
—Quiero darle el mismo trato que a mis propios hijos —dijo Carmen—. Sus padres ya no están, está sola y es una lástima. Prometí adoptarla y debo criarla lo mejor que pueda.
Natalia también era carne de su carne. Decir que no le importaba en absoluto sería mentira.
—Eres realmente bondadosa. Veo que tu hija Isabela heredó eso de ti, es considerada, gentil y de buen corazón.
Verónica echó una mirada en la dirección por la que Natalia se había ido, hizo una pausa y añadió: —En cambio, esa tal Natalia... ¿por qué es tan grosera? Habla con sarcasmo, no tiene nada de educación.
Al escuchar las palabras de su amiga, Carmen apretó las manos, sintiéndose aliviada en su interior de que nadie supiera que Natalia era su hija biológica.
De lo contrario, sería una verdadera vergüenza.
—Esa niña se quedó sola, creció con sus abuelos. Es normal que tenga algunas... deficiencias en su carácter.
Verónica negó con la cabeza, impotente, y la aconsejó: —Si me preguntas, como no es tu hija de sangre, con darle de comer es suficiente. Cuanto mejor la trates, más se malcriará y se volverá una déspota.
—Bueno, dejemos ese tema —dijo Carmen, masajeándose las sienes.
Si tan solo Natalia fuera la mitad de sensata y educada que Isabela, ella se daría por satisfecha.
Le entregó el contrato a Héctor.
—Profesor Héctor, a partir de mañana, cuento con usted.
—No es ninguna molestia, es mi deber.
Héctor guardó el contrato en su portafolio.

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