La noticia del compromiso fue como un amanecer tras una larga noche. La familia Solís se sumergió en una atmósfera de celebración pura. La planificación de la boda se convirtió en el proyecto central, un esfuerzo gozoso que simbolizaba no solo la unión de Aurora y Alejandro, sino la consolidación de una familia que había renacido. El futuro parecía un horizonte despejado y brillante.
Pero el pasado, como un océano profundo, aún guardaba corrientes ocultas.
Una mañana, mientras Aurora y su padre revisaban los planos para el nuevo ala pediátrica del hospital de la fundación, el teléfono satelital de Fernando sonó. Era una línea encriptada, reservada para sus contactos más sensibles. En la pantalla apareció el nombre de un antiguo aliado en los servicios de inteligencia de Borealia. La expresión de Fernando pasó de la concentración relajada a una tensión de acero.
—Fernando —dijo la voz al otro lado, grave y urgente—. Tenemos noticias. Uno de los lugartenientes de las Serpientes de Obsidiana que capturamos el año pasado en una operación en el Mar Negro ha decidido cooperar. A cambio de protección para su familia, está dispuesto a confirmar un rumor que ha circulado en las sombras durante años.
Fernando se puso de pie, su cuerpo erguido como una vara de metal.
—¿Qué rumor? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Hubo una pausa cargada al otro lado de la línea.
—Elena Solís. No murió en el supuesto accidente hace casi dos décadas. Después de su campaña de desinformación, logró desmantelar gran parte de la red de liderazgo del clan rival. Pero fue traicionada por alguien de dentro de su propio círculo de confianza. Fue capturada. Fernando... ha estado prisionera todo este tiempo.


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