Entrar Via

Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 99

El viejo corredor de la casa se extendía largo y serpenteante, envuelto en un silencio reconfortante.

Aurora caminó detrás de Ricardo hasta el borde del corredor. Ricardo se detuvo y la miró de arriba abajo, deteniéndose en los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar.

Por dentro, se le partía el alma de verla así.

No era de extrañar que sus amigos siempre lo molestaran diciéndole que tenía la cabeza llena de mariposas por estar tan enamorado.

Y tenían razón.

Desde la secundaria, cuando Aurora apenas empezaba la secundaria y él ya estaba en la preparatoria, él ya la traía en la cabeza.

—¿No te dije que no lloraras? —soltó Ricardo con un suspiro.

Su voz, suave y cálida, le acarició el corazón.

Alzó la mano y, con las puntas de los dedos, tomó el mentón de Aurora, deteniéndose a limpiar sus lágrimas con una delicada servilleta de papel.

Le limpió con cuidado las marcas que habían quedado en la comisura de los ojos.

—Apenas saliste del encierro después del parto, y llorar no te ayuda nada con los ojos.

—Mírate ahora, pareces un gatito recién bañado.

Las palabras de Ricardo, tan sencillas pero tan llenas de ternura, le llegaron directo al alma.

Aurora sintió que algo se le rompía por dentro, pero también le temblaba el corazón, como si él lo apretara con la mano y no la soltara.

Tenía tantas ganas de llorar otra vez.

Pero no, no iba a dejarse.

No quería convertirse en alguien que solo supiera llorar.

Todavía tenía cosas por hacer. Quería vengarse. Y también quería consentir a Ricardo y hacerlo feliz.

—Ya, ya no voy a llorar —dijo Aurora, aspirando fuerte por la naricilla enrojecida. Levantó la mano y sujetó la de Ricardo, la misma con la que él le limpiaba las lágrimas.

La sostuvo con firmeza.

Sus dedos se entrelazaron, encajando uno en medio del otro.

—¿Me abrazas tantito?

—Me puse a llorar y solo quiero que me abraces, que me consientas —le pidió Aurora, levantando el rostro hacia él.

Se atrevió a pedir un poco más.

—Así se me pasa.

—Vi que cuando consientes a nuestro hijo, siempre le das besitos.

—No te pido que me des un beso…

—Solo abrázame, ¿sí?

Ricardo se quedó quieto por un segundo, carraspeó y no se movió:

—¿No dijiste que querías platicar de algo?

Aurora puso cara de niña consentida y frunció los labios, tan rojos como una rosa recién cortada:

—Si me abrazas, te cuento.

Ricardo ya no supo qué hacer con ella.

Vaciló un instante, luego la rodeó con los brazos y la jaló hasta pegarla contra su pecho.

—¿Así está bien?

Aurora negó con la cabeza:

—No, abrázame más fuerte.

Ricardo tosió un par de veces, incómodo:

...

—Auri, ¿de qué querías platicar?

Aurora bajó la cabeza y apoyó la naricilla en la tela suave de su camisa. Como si fuera un gatito, empezó a frotarse contra él, percibiendo el aroma fresco a cedro de su ropa. Con una mano lo abrazó por la cintura, pegándose más a su cuerpo.

Buscaba el calor y la seguridad de sus brazos.

Solo ahí, con Ricardo, todo el dolor y la tristeza se le desvanecían.

—¿Ya puedes contarme? —Ricardo la miró con cierta sospecha.

¿Será que solo quería que la sacara para que él la consintiera?

Aunque, siendo honestos, a él no le molestaba en lo más mínimo.

Solo que no iba a admitirlo tan fácil.

—Sí, ya —respondió Aurora, después de haberlo abrazado a gusto.

Levantó la mirada y le preguntó:

—¿La mejor amiga de mi mamá se llama Camila Ríos?

¿La señora Ríos?

Ricardo frunció el ceño.

No lo negó:

—Sí, ¿por qué?

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Renací en la Noche del Parto