En la sala de la antigua casa de la familia Morales, todo estaba impregnado de ese aire clásico y solemne que solo los años pueden dar. La familia Morales estaba reunida, sentados en perfecto orden pero sin poder disimular la emoción. Todos esperaban ansiosos a que Aurora llegara cargando al nieto más preciado de la familia, ese pequeño que era ya el consentido de todos.
Owen, en particular, no apartaba la mirada de la puerta del salón. Sus ojos negros, idénticos a los de Ricardo, destilaban una mezcla de poder y ansiedad. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y la mirada puesta en la entrada, como si pudiera acelerar el tiempo tan solo con desearlo.
No era para menos. Había tenido que irse de viaje de negocios al sudeste asiático justo cuando su nuera estaba a punto de dar a luz, y no había logrado regresar a tiempo para el nacimiento de su nieto. Apenas esa misma mañana había vuelto al país y, desde entonces, solo pensaba en conocer y abrazar a ese pequeño que ya se había robado su corazón sin siquiera haberlo visto.
—Julieta, ve a la puerta a ver si ya llegó el joven señor —apremió Owen tras mirar el reloj de lujo que llevaba en la muñeca, incapaz de ocultar su impaciencia. ¿Quién iba a imaginar que después de tantos años de ser un tiburón en los negocios, terminaría convertido en un abuelo totalmente entregado?
Julieta asintió con una sonrisa y salió casi corriendo hacia la entrada.
Justo en ese instante, Ricardo apareció acompañado de Aurora, quien lucía un vestido largo de color rosa claro. Aurora llevaba al bebé en brazos, acunándolo con sumo cuidado.
Al verlos, Julieta sonrió aún más y los saludó con entusiasmo:
—Joven señor, señorita, bienvenidos. El señor, la señora y la abuela los están esperando en la sala.
Ricardo asintió y, de manera instintiva, extendió los brazos para cargar a su hijo.
—Auri, déjame cargarlo, ¿sí?
Aurora, sin soltar al bebé, le guiñó un ojo y contestó:
—Ya casi llegamos al salón, amor. Déjame lucirme un poquito frente a tus papás, ¿no? Al fin y al cabo, necesitan verme como una buena madre.
En su vida pasada, Aurora había dejado muy claro en esa misma casa que, tras dar a luz, ella no pensaba encargarse del niño. Owen y Flora nunca lo habían superado del todo. Si ahora no aprovechaba para consentir a su hijo frente a la familia, sus suegros seguramente pensarían que seguía sin quererlo.
—No estoy cansada, déjame cargarlo yo, ¿sí? Además, nuestro pequeño es tan tranquilo y adorable… nunca llora sin razón. Come, duerme y si despierta, solo se pone a balbucear o a jugar. Solo llora cuando hay que cambiarle el pañal, y aun así lo hace con una carita de pena que te rompe el alma. En verdad, es un angelito.
Ricardo retiró la mano, aunque no pudo evitar que sus ojos reflejaran cierta emoción.
—Está bien. Entremos juntos.
Ricardo se quedó a su lado, asegurándose de que entraran al mismo tiempo.
...
Al llegar a la sala, Aurora no esperó a que Owen o los demás dijeran nada. Caminó hasta ellos, llevando al bebé dormidito y perfumado entre los brazos, y saludó con una cortesía impecable:

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