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Renací en la Noche del Parto romance Capítulo 86

¿Acaso ella, una simple extraña, podía compararse?

Aurora, ya verás.

Mi Maya va a ocupar tu lugar.

Y cuando eso pase, será tu fin.

Brenda, desde abajo, miró con rabia a Aurora en el balcón del segundo piso. Estaba convencida de que, al final, la victoria sería suya.

—¿Qué miras? ¿Todavía tienes cara para ver a nuestra señora? —El guardaespaldas intervenía a favor de Aurora.

Después de todo, siempre recibía buenos tratos gracias a ella.

Por eso, tenía que defenderla a toda costa.

—Bah, ¿quién sabe cuánto le queda como señora de la familia Morales? —Brenda, aunque tenía la cara hinchada como tamal, seguía despotricando.

El descaro de Brenda terminó de enfurecer al guardaespaldas.

Total, el señor Morales ya no la protegía.

Así que, ¿por qué iba a tenerle consideración?

Ella misma se lo buscó por irrespetar a la señora.

—Mira, vieja amargada, comes de lo que te da la señora, cobras tu sueldo gracias a ella, ¿y así le pagas?

¡Sinvergüenza! —dijo el guardaespaldas, y le soltó varias bofetadas sonoras a Brenda.

Brenda, ya con más de cuarenta años, no soportó mucho.

Tras una ráfaga de golpes, su cara terminó roja e hinchada, y soltando un alarido, se desplomó, desmayada.

...

En el balcón del segundo piso, Aurora, que había estado presenciando todo, vio cómo Brenda caía inconsciente.

Solo entonces, satisfecha, abrazó a su hijo y entró a la casa.

En el dormitorio, Ricardo ya la esperaba.

Estaba a punto de meterse a bañar.

Había volado durante nueve horas sin descanso solo para regresar y lidiar de inmediato con el asunto de Brenda.

Necesitaba una ducha urgente para sacudirse el cansancio.

Al escuchar movimiento en la puerta, hizo una pausa justo cuando desabotonaba su camisa y volteó hacia la entrada.

En ese instante, Aurora entró cargando al bebé, y de reojo alcanzó a verle el pecho —apenas cubierto— a Ricardo.

Las orejas de la joven se pusieron rojas de inmediato.

Respiró profundo, tragó saliva y dijo, titubeando:

—Amor, ¿vas a bañarte?

Ricardo asintió, cansado:

—Sí, llegué agotado.

—Huelo un poco a sudor —dijo, medio en broma—. Si cargo al bebé así, seguro hasta él me rechaza.

Aurora soltó una risita:

—Claro que no.

—Nuestro hijo sabe que eres su papá.

Cuando lo abrazaste hace rato, enseguida agarró tu camisa con todas sus fuerzas.

Nunca te va a rechazar.

Por primera vez en mucho tiempo, Ricardo sintió que Aurora lo defendía.

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