Ricardo echó un vistazo de reojo.
Sin poder evitarlo, su mente volvió a llenarse de imágenes de Aurora, con esa bata de dormir ligera y traslúcida, dándole de comer a su hijo.
Tan provocativa, tan blanca que casi lastimaba la vista.
Y además, seguro era tan suave...
Apenas respiró y el aire se le atragantó, le tembló el pecho.
Incluso los músculos de su torso, por la respiración agitada, se tensaron hasta casi reventar la camisa blanca de diseñador que llevaba puesta.
—Hmpf—
Sentía que iba a enloquecer.
Sabía perfectamente que entre ellos ya no podía pasar nada.
Sabía que ella seguramente sólo quería aprovecharse de él otra vez.
Pero ni así podía dejar de pensar en ella.
Pensaba tanto en Aurora que sentía que iba a perder la cabeza, deseando tenerla bajo él en la cama.
Necesitaba desahogarse, así, sin piedad.
¿Sería que en el fondo era un masoquista?
Ella siempre lo hacía sufrir tanto.
Y aun así, él seguía con ganas de acostarse con ella.
¡Maldita sea!
Molesto, Ricardo se quitó la corbata de un tirón, el estampado plateado quedó hecho bola y terminó arrojada a un lado.
Agarró la botella de agua fría que tenía cerca, la destapó y bebió varios tragos largos.
El agua helada le bajó por la garganta hasta el estómago, apagando un poco ese fuego inquieto que lo tenía ardiendo por dentro.
Soltó el aire, tratando de tranquilizarse, y luego le pidió a Tomás que lo llevara de vuelta al hotel.
Necesitaba una ducha fría, urgente.
Después de dar la orden, bajó el respaldo del asiento trasero, dispuesto a dormir un poco.
Pero apenas cerró los ojos...
El celular empezó a sonar con una videollamada.
Reconoció el tono de inmediato y el corazón le dio un brinco.
Abrió los ojos despacio, obligándose a mantener la calma antes de mirar el celular que estaba sobre el asiento de piel.
Efectivamente, era Aurora.
A esa hora, seguro ya no estaría usando esa bata negra tan provocadora, ¿o sí?
Ricardo se presionó el entrecejo con los dedos, suspiró y aceptó la videollamada.
En la pantalla, Aurora no llevaba la bata negra de antes.
Ahora usaba un vestido corto de tirantes, rosa y casi transparente, que se ceñía a su cintura.
¡Encima, seguía en etapa de lactancia!
Lo que debía estar cubierto, simplemente no lo estaba.
Ricardo sintió cómo la garganta se le secaba otra vez.

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